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Jorge Vargas Cullel | jovargas@nacion.co.cr. |
Enfoque
PolitÓlogo
Una de las pocas cosas que tengo por ciertas en cualquier conversación con un tico vallecentraleño es que, a pocos minutos, dirá algo así: “Mi abuelita (o bisabuelita) era española”. Subtexto: tengo pedigrí. Con un par de cervezas a cuestas, soltará el primero de los comentarios prologados por él: “No soy racista, pero…” Y, para redondear, dirá: “No seás indio…” cuando critica un gesto descortés. Si el mae no es un mae sino una decente dama, sustituirá a alguno de los anteriores por un melindroso: “Es que los negritos…”
¡Cuánto esfuerzo por sutilmente marcar los colores! Lo peor es cuando este racismo más o menos abierto, más o menos velado, lo manifiestan personas que quiero. En el fondo creo que subyace a los comentarios una cierta inseguridad. Para reafirmarse, el encartado deja claro que él (o ella) tiene conexión segura con la raza superior, supuestamente pura y mejor. Claro está que si uno revisa la historia mal apuntado lo tienen con España, una mezcolanza de pueblos.
El racismo es una relación de poder: los que están arriba dominan a los de abajo decretando, además, que por su color y fenotipo son inferiores y, en todo caso, más feos e ignorantes. Un caso extremo fue el sistema de apartheid en la Sudáfrica de la segunda mitad del siglo XX. Pero el racismo no solo se anida en el poder, sino, también, en la antropología, en la condición humana. A los seres humanos nos cuesta mucho convivir con, y valorar a, las personas diferentes. El instinto es penalizarlas. De ahí que las víctimas del racismo no solo sean personas de distinto color, sino, a menudo, del mismo.
No es fácil atajar el racismo. Aunque la educación ayuda, pensar que se neutraliza con más educación es ilusorio. Pueblos muy educados han sido muy racistas. ¿Qué hacer? Las garantías constitucionales son una poderosa defensa, que debe ser complementada. Una permanente campaña pública a favor de la tolerancia y el respeto es indispensable; también lo son mejores medios para sancionar los actos racistas.
A combatir el racismo nos obliga nuestro origen como pueblo. Un estudio reciente sobre la genética de las y los latinoamericanos, incluidos los pobladores del Valle Central de Costa Rica, arrojó que somos más mezclados de lo que a muchos les gustaría saber (Wang et al., 2008 en la revista PLoS Genetics ; por Costa Rica el investigador fue Ramiro Barrantes). Resulta que, en promedio, el 33% de los cromosomas no sexuales y el 58% de los cromosomas X en individuos de este Valle provienen de poblaciones aborígenes y, en menor grado, africanas. Tal vez llegó la hora de que el vallecentraleño reconozca, además de la abuelita española, a la otra color café con leche.
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