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José Luis Machinea |
Oportunidades para América Latina y el Caribe
Un balance de políticas “macro” y las políticas productivas sectoriales
Secretario Ejecutivo de la CEPAL
América Latina y el Caribe atraviesan por un período de crecimiento sostenido desde 2003 que les ha permitido reducir la vulnerabilidad macroeconómica y disminuir el desempleo y la pobreza. Sin embargo, su estructura productiva sigue siendo escasamente diversificada y con insuficiente contenido de innovación, lo cual, entre otras cosas, debilita el efecto dinamizador de las exportaciones. En otras palabras, la región no está aprovechando la oportunidad generada por el favorable contexto externo para sentar las bases de un crecimiento sostenido.
La buena noticia es que, más allá de las turbulencias de corto plazo, es previsible que continúe el crecimiento acelerado de Asia en desarrollo, lo que implica una elevada demanda de recursos naturales por varios años. Asimismo, los consumidores de esos países ahora tienen perspectivas de ingresos crecientes. Además, la diversificación y estratificación de los patrones de consumo han dado pie al surgimiento de nichos de nuevos productos más sofisticados y de mayores precios.
Absorción tecnológica. Desde el punto de vista de los desarrollos tecnológicos, se han concretado y se avizoran grandes cambios en varias tecnologías (entre otras: TIC, biotecnología y nanotecnología) que están destinadas a producir profundas transformaciones en los ámbitos de la producción y los servicios. Todas estas tecnologías son convergentes y tienen la capacidad de afectar o redefinir las trayectorias de un conjunto muy amplio de sectores. Por esa razón, independientemente del tipo de inserción que cada país haya logrado en la economía internacional, su desempeño futuro dependerá cada vez más de la capacidad de absorber creativamente los nuevos paradigmas tecnológicos.
Se trata de aprovechar la expansión global para impulsar procesos de transformación productiva que permitan a los países de la región ampliar y modificar sus modalidades tradicionales de inserción en la economía mundial, agregando valor y conocimiento a los productos.
Pensamos que las oportunidades pueden surgir allí donde exista una base competitiva factible de utilizarse para acelerar los procesos de aprendizaje, permitiendo fortalecer las ventajas ya existentes y, desde ellas, explorar nuevos senderos productivos. Para identificar esas oportunidades hay que tener en cuenta la heterogeneidad de los patrones de aprendizaje a nivel de sectores y empresas. Por ello , además de una evaluación en forma agregada, resulta necesario también comprender las complejidades, potencialidades y restricciones de la industria, el complejo agroalimentario, la minería y los servicios desde un nivel microeconómico.
Núcleo estratégico. Aprovechar las oportunidades identificadas en estos sectores no será sencillo, entre otras cosas porque la incorporación de Asia en desarrollo implica una oferta casi infinita de mano de obra de bajo costo y, crecientemente, de científicos e ingenieros muy calificados, además de otras poderosas ventajas de localización para la industria manufacturera y los servicios.
En esta perspectiva, la diversificación y el desarrollo de espacios en los que se conjugue el aprendizaje tecnológico y la competitividad deben ser el núcleo de cualquier estrategia de desarrollo futuro para la región. A diferencia de hace sesenta años, cuando Raúl Prebisch escribiera el Manifiesto de América Latina , el cambio tecnológico no se concentra solamente en el sector manufacturero, sino que atraviesa a todos los sectores productivos. Por lo tanto, hoy cobra cada vez más relevancia el cómo innovar más que en cuáles actividades hacerlo. Sin embargo el cambio técnico y la transformación productiva no son procesos espontáneos, de modo que hoy, al igual que lo señaló Prebisch hace seis decenios, la realización de estos objetivos requiere de políticas públicas y el desarrollo de capacidades.
Avanzar en la construcción de estrategias nacionales para materializar la transformación productiva significa movilizar un amplio conjunto de energías sociales dispersas.
Se trata, en parte, de aprender y adaptar a las realidades nacionales las experiencias de otros países, pero también del abandono de viejas prácticas en favor de una cultura del conocimiento como valor agregado a la producción. Así, la construcción de una estrategia con tales objetivos requiere también de un pacto que incorpore al proceso productivo a los sectores público, privado, académico y del mundo laboral.
Pero la eficacia de las políticas productivas dependerá, además, de un cambio institucional funcional a la innovación. Se necesitarán nuevas instituciones orientadas al fomento productivo, pero más importante aún será generar un balance entre las instituciones de políticas macro y los entes encargados de las políticas productivas sectoriales y de ciencia y tecnología.
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