Costa Rica, Domingo 8 de junio de 2008

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Fernando Araya | consulfe@hotmail.com

El final del cristianismo premoderno

 La ignorancia incendia el mundo, el conocimiento lo salva

consultor

La intermediación financiera realizada por la Iglesia Católica costarricense, considerada ilegal en la Superintendencia General de Entidades Financieras, es un hecho que permite abordar otros temas vinculados al futuro del catolicismo, no solo en Costa Rica, sino también en otras sociedades occidentales, donde experimenta una reducción significativa del número de fieles y un descenso sistemático de su influencia cultural.

I. Méritos periodísticos. Para empezar, nada de lo informado por La Nación es persecución ni obedece a estratagemas maquiavélicas que pretendan destruir a la Iglesia Católica; todo lo contrario. El conocimiento libera y favorece una fe razonable, mientras que la ignorancia y los encubrimientos profundizan la desconfianza en las autoridades religiosas. Tres son los méritos contenidos en las informaciones periodísticas: primero, educan a la población; segundo, evidencian que en el interior de la Iglesia Católica existe un sistema de intereses materiales, económicos y socio/políticos, y, tercero, introducen, en el análisis de las organizaciones religiosas, variables sociológicas y económicas que dejan discernir su funcionamiento real, no solo a partir de aspectos doctrinales, sino también de informaciones a las que tiene acceso cualquier costarricense.

II. Interés propio. Lo anterior conduce a una conclusión básica: el interés propio, individual o grupal, a veces confundido con el egoísmo o señalado como origen de los males sociales, reina en los cubículos institucionales de la Iglesia y en los móviles psicológicos de sus miembros. Lo anterior no extraña, ni escandaliza ni asombra. ¿Existe, acaso, alguna persona, grupo o institución, que no proteja intereses propios y, si puede, los acreciente? La crítica no se dirige contra el interés propio, que es, junto a la compasión y la solidaridad, una de las fuentes principales del bienestar colectivo, sino al hecho de que su protección y desarrollo se realice de modo ilegal y en detrimento del bien común. Lo decisivo, entonces, es determinar si los vínculos de la Iglesia Católica con políticos, grupos financieros, inversionistas, sistemas bancarios, etc. resultan válidos en términos éticos y jurídicos, así como evaluar su impacto en el bienestar nacional.

III. Tres preguntas. Conforme a lo dicho, la Iglesia, además de efectuar estudios, pronunciamientos y declaraciones sobre las realidades socio/económicas del país, es ella misma susceptible de ser analizada en tanto organización que cultiva y protege sus intereses particulares. En este sentido conviene saber: ¿cuáles son los intereses económicos de la Iglesia Católica? ¿Cómo interactúan con los otros sistemas y subsistemas de intereses presentes en el país y en otras naciones? ¿Cuáles son los efectos de la gestión económica de la Iglesia Católica en los procesos de generación y distribución de riqueza? En la sociedad nacional conviene discernir, fundamentándolo en hechos comprobados y datos cuantitativos, las interacciones entre institucionalidad religiosa, intereses individuales y solidaridad; este es un tema básico, inevitable, contribuye a desmitificar la vida religiosa, algo que necesita, con urgencia, la misma religión.

IV. El fenómeno es global. La intermediación financiera ilegal, imputada a la Iglesia, junto a otros hechos de los últimos años, asociados, por ejemplo, al comportamiento sexual del clero, daña su imagen y debilita su autoridad moral. Es sintomático, a este respecto, que en otras naciones occidentales también se hayan efectuado serios cuestionamientos a la Iglesia Católica, en los mismos campos señalados entre nosotros; el fenómeno, entonces, es global, y lo que aquí ha ocurrido –¿ocurre?– forma parte de un proceso mayor conocido como la crisis del cristianismo occidental. Es a este fenómeno al que me refiero en lo que sigue.

V. Una hipótesis. Investigadores como Christopher Dawson en Dinámicas del mundo histórico, Samuel P. Huntington en El choque de civilizaciones o Arnold Toynbee en Estudio de la Historia, sostienen que la religión es una característica básica de las civilizaciones y que la decadencia de estas se relaciona, entre otros factores, con la crisis de sus religiones. Opiniones como las anteriores contribuyen a fundamentar la siguiente hipótesis: Occidente, al interactuar con otras civilizaciones (china, japonesa, islámica, ortodoxa, indú, africana), necesita del sistema de creencias cristianas como vehículo que le remita a sus orígenes históricos y singularidades culturales, razón por la cual las élites occidentales, creyentes o no, estimularán el reposicionamiento cultural de la cristiandad.

VI. Insuficiencias. La hipótesis en cuestión deja por fuera tres posibilidades: primera, que la civilización occidental se avergüence de sí misma, deje de creer en sus raíces religiosas y se diluya en un mundo multicivilizatorio y multicultural; segunda, que Occidente sustituya el sistema de creencias cristianas por algún otro y, tercera , que el cristianismo sea incapaz de cambiar, en cuyo caso su funcionalidad socio/histórica desaparece o se atrofia. En las tres opciones se produce el advenimiento de una sociedad poscristiana y no el relanzamiento indicado en la tesis comentada.

VII. Objetivos. ¿De qué manera la Iglesia Católica puede evitar que su crisis se convierta en un fenómeno irreversible, antesala de una época poscristiana? Transformándose en sintonía con el perfil cultural contemporáneo de Occidente, originado en la revolución científica de los siglos XVII y XVIII, en las revoluciones socio/políticas inglesa, francesa y estadounidense, en las peculiaridades histórico/culturales de América Latina y vinculado, por el fondo, al pensamiento griego, helenístico y medieval. ¿Qué significa lo anterior? Para el catolicismo, en lo fundamental, satisfacer cuatro objetivos: primero, reencontrarse con la modernidad científica, tecnológica y humanista; segundo, reposicionar sus fuentes primigenias, sus orígenes; tercero, potenciar las expresiones no europeas de la cristiandad, al mismo tiempo que intensifica el reposicionamiento en Europa, y, cuarto, superar sus insuficiencias comunicativas.

VIII. El desafío. Satisfacer los cuatro objetivos señalados implica el final del cristianismo premoderno, acostumbrado a desconfiar de los conocimientos científicos, beneficiarse del poder político, condenar las riquezas de otros mientras disfruta de las propias, separarse, en apariencia, del mundo, para juzgarlo sin dejarse juzgar por él y estimular una cultura popular centrada en el más allá sin vínculos pragmáticos con el más acá. Frente a estas características Joseph Ratzinger habla de “…un gran trabajo de traducción… al lenguaje de hoy, al pensamiento de hoy…”, un “salto al presente”, a las realidades contemporáneas. En estas palabras se encuentra implícita una estrategia que la Iglesia Católica debe explicitar y profundizar hasta sus últimas consecuencias. A través de ella puede recuperar su autoridad moral, no en virtud de estrategias mercadotécnicas, ni maniobras políticas, sino debido a la fidelidad respecto a sus propias raíces. El desafío es mayúsculo, los liderazgos deben ser extraordinarios.

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