Costa Rica, Lunes 2 de junio de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

Corresponde a los técnicos o expertos indagar las causas del accidente aéreo del Airbus A320, con 124 pasajeros, del Grupo Taca, en el aeropuerto Toncontín en Tegucigalpa. A la investigación ha de seguir una información cabal. Así ganaríamos todos: los usuarios, la empresa, las autoridades hondureñas, las compañías aéreas y las entidades internacionales afectas a esta materia.

La complejidad del asunto no obsta para que, no a ojo de buen cubero, sino en gracia del sentido común, se formulen algunos juicios o preguntas. Los principios de previsión y de precaución, a que nos referíamos un día de estos, adquieren cada día más relevancia de la mano de la tecnología –inseparable del fantasma del riesgo– y del valor determinante de la seguridad de las personas. Libertad y seguridad, dos valores básicos en perenne tensión. Y, en medio, razón y planeamiento, o lucha prometeica, hasta donde cabe, contra el azar, la imperfección humana o la irresponsabilidad.

Todos los que, alguna vez, aterrizamos o levantamos vuelo en Toncontín nos preguntamos por qué se ha permitido el funcionamiento de uno de los aeropuertos de mayor riesgo en el mundo, con una pista de 1.862 metros de longitud y 42 metros de ancho, embutido entre montañas. Las maniobras de aterrizaje han dejado un saldo, según se ha informado, de 150 muertos en 20 años (bastante menos, sea dicho en aras de la justicia y de nuestro (sin)sentido de la vida, del número de fallecidos, cada año, en Costa Rica, por los accidentes de tránsito, que, además, avanzan a galope tendido).

¿Por qué las autoridades hondureñas, que acaban de remodelar el edificio del aeropuerto, no actuaron en lo esencial? Más importante que los “duty free” y la sala de abordaje es la vida. ¿Por qué las compañías aéreas, la prensa, las autoridades internacionales y los políticos no levantaron su voz con energía? ¿Por qué se contaba, a pocos kilómetros, con una pista militar amplia, y seguía en uso una pista “civil” mortífera? Pero, así somos. Formulamos promesas de cambio y, quizá, cambiamos cuando la tragedia asoma su rostro mortal.

Los ignorantes, neófitos o novatos en estos campos nos preguntamos cuál es el poder de los controladores aéreos. ¿Pueden impedir un aterrizaje o solo informan para que el piloto tome la decisión final o, como ocurre en nuestros países, “se la juegue”? Y ¿cuántas veces en nuestro país un piloto “se la juega”? Principio ético básico: “En la duda, abstente”. La ruleta rusa –todo o nada– es la peor de las decisiones. El ser humano debe actuar, por principio, conservadoramente para progresar y subsistir, máxime cuando de su decisión personal depende la vida de los demás.

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