Costa Rica, Domingo 1 de junio de 2008

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EDITORIAL

La gran tragedia de Birmania

 La perversión de sus dictadores ha multiplicado un gran desastre natural

 Ni siquiera se ha autorizado la llegada de una vigorosa ayuda internacional

Los desastres naturales no se pueden evitar, y los centroamericanos lo sabemos muy bien. Los sismos –algunos sumamente destructores– y las tormentas tropicales, como la desalmada Alma, que nos ha azotado en días recientes, son parte del menú de eventos que, por surgir de factores geológicos o meteorológicos, escapan de la acción de los seres humanos.

Pero, así como no podemos evitarlos, sí podemos atemperar su impacto negativo, sea mediante la adecuada prevención o la oportuna y eficiente reacción. En esto, también, los centroamericanos tenemos mucha experiencia acumulada; en algunas ocasiones, muy negativa, como, por ejemplo, los efectos devastadores del huracán Mitch en Honduras y Nicaragua, en octubre de 1998, o de la serie de sismos que sacudió El Salvador en enero y febrero del 2001. En ambos casos, las construcciones en zonas de riesgo generaron una enorme cantidad de víctimas. En otras ocasiones, las experiencias han sido positivas, como la que, a pesar de los estragos, tenemos ahora en nuestro país, gracias a la intervención oportuna de la Comisión Nacional de Emergencia.

Sin embargo, donde la mezcla entre furia de la naturaleza, impericia, arrogancia, autoritarismo y hasta perversión de los gobernantes ha llegado a los peores extremos imaginables, es Birmania (también conocida como Myanmar), que padece uno de los regímenes más autoritarios y retrógrados del planeta.

Sus efectos han conducido a una verdadera catástrofe humanitaria, con un agravante adicional: cada día que pasa se torna peor, no solo por los daños en sí mismos, sino porque la gobernante junta militar ha tenido una actitud totalmente irresponsable, una acción claramente insuficiente y un testarudo rechazo a que la comunidad internacional, encabezada por las Naciones Unidas, pueda entregar ayuda suficiente a los damnificados.

Hasta ahora, se calcula que el ciclón Nargis , que azotó el suroeste del país asiático en la noche del 2 y 3 de mayo, con vientos de 194 kilómetros por hora, ha cobrado 133.600 muertos o desaparecidos, ha afectado a 2,4 millones, desplazados y si hogar, y ha generado daños por alrededor de $10.000 millones.

La tormenta es definida como la más agresiva de que se tenga memoria. Dos días antes de que impactara el territorio birmano, los servicios meteorológicos de India, que bordea su porción noroeste, habían alertado a las autoridades sobre la dirección y magnitud del ciclón. Estas se limitaron a dar algunos avisos por radio y televisión, pero no organizaron ningún procedimiento de evacuación ni ninguna otra respuesta que pudiera minimizar los daños.

Desde entonces, su actitud ha sido igualmente negligente, o deliberadamente cruel.

Ni siquiera la visita del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ha logrado una real apertura de los militares a la ayuda externa. Hasta ahora, el régimen se ha limitado a aceptar pequeños contingentes de trabajadores de países vecinos (India, Bangladesh, China y Tailandia), así como algunos suministros de Estados Unidos y otras naciones. Sin embargo, nada de lo anterior se ha podido articular en un plan medianamente coherente y muy poca de la ayuda ha llegado a la población, al punto de que el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas apenas ha podido distribuir la quinta parte de las casi 400 toneladas diarias de suministros que se necesitan en la zona.

Se trata, para vergüenza de toda la humanidad, de una tragedia originada en un terrible fenómeno natural, pero multiplicada por la perversión de un grupo aferrado al poder. Esto es algo que debe tomarse muy en cuenta para insistir en lo importante que es, no solo por respeto a los derechos civiles, sino también a las más básicas necesidades de las personas, promover la democracia en el mundo o, al menos, niveles básicos de responsabilidad gubernamental y rendimiento de cuentas.

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