Periodista
Dicen que todo en este mundo tiene su lado bueno y su lado malo… hasta en el tabaco esa sabiduría popular se aplica.
Convertido en uno de los principales villanos de la salud pública –según la Organización Mundial de la Salud, al menos la mitad de quienes fuman tabaco morirá por una causa vinculada a ese hábito– ahora parece haber llegado el momento para que esa planta se reivindique con la salud de la humanidad.
¿Cómo? Convirtiéndose en la fábrica de producción de vacunas para combatir el cáncer. Al menos esa es la estrategia del oncólogo Ronald Levy.
Levy, investigador de la Universidad de Stanford, EE. UU., lideró el primer estudio en humanos que demuestra que la utilización de vacunas personalizadas fabricadas en plantas tabaco es segura y despierta una respuesta inmunológica del cuerpo del paciente hacia el cáncer, según su investigación publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences .
Usar las defensas. Levy trabajó con pacientes a quienes se les había diagnosticado un linfoma de tipo no Hodgkin, un cáncer del sistema inmunológico.
Los linfomas no Hodgkin comienzan cuando un tipo de glóbulos blancos, llamado células T o células B, se hacen anormales. Las células se dividen una y otra vez aumentando su número y diseminándose a casi todas las demás partes del cuerpo.
Aunque la quimioterapia y la radioterapia pueden prolongar la vida de una persona con linfoma no Hodgkin, aún no existe una cura para este cáncer.
La meta de Levy y sus colegas es hallarle una cura a ese cáncer incurable. Para ello, se valen del hecho de que esos glóbulos blancos anormales poseen en su exterior una proteína única que los diferencia del resto de las células del cuerpo.
Como si se tratara de un virus, la estrategia es hacer que el cuerpo reconozca esa proteína como un invasor y la destruya.
¿Cómo lo logran? Siguiendo el mismo principio tras las vacunas: inyectan en la persona proteína suficiente para hacer que su sistema inmunológico la reconozca, reaccione contra ella y fabrique anticuerpos que la destruya.
La dificultad de esta interesante estrategia, que ya ha sido probada con éxito en ratas de laboratorio, es que no se trata de una proteína universal. Como si fuera una huella dactilar, cada paciente desarrolla su propia proteína, por lo que hay que hacer una vacuna para cada uno.
Vacuna a la medida. Para fabricar la vacuna personalizada, los científicos deben obtener células cancerosas del paciente, identificar su “proteína-huella” para luego clonarla y obtener muchas copias de ella.
La proteína se puede clonar en líneas de células animales o bacterianas, pero es un proceso que requiere mucho tiempo y dinero. Aquí es donde la planta de tabaco resulta ser una buena opción pues en pocas semanas y con pocos recursos logra producir la proteína para la vacuna.
El proceso que Levy siguió fue tomar un virus que infecta la planta de tabaco, le insertó el gen que codifica la proteína que recubre las células cancerosas del paciente y luego infectó la planta con el virus. Al cabo de unas semanas, tomó las hojas de tabaco, las trituró y extrajo la proteína.
Dieciséis pacientes fueron vacunados; salvo por pequeños efectos secundarios, como dolor en el sitio de la inyección, la inoculación resultó ser segura para la salud. El 70% de ellos también desarrolló respuesta inmunológica a la proteína.
Tras comprobar que la vacuna no representa un riesgo para la salud de la persona, el siguiente paso será diseñar un estudio que pruebe si la inoculación puede curar el cáncer.
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