LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 27 de julio de 2008

/OPINIÓN

EDITORIAL

Una no celebración en Cuba

 Lo que se festejó ayer fue un régimen que ya ha tenido que reconocer su fracaso

 A menos que haya una real reforma, las contradicciones seguirán acumulándose

Fue una celebración muy extraña, que revela las enormes contradicciones que enfrenta la dictadura cubana:

Cumpliendo con uno de los principales rituales del régimen, el gobernante Raúl Castro festejó ayer en Santiago de Cuba, segunda ciudad de la Isla, los 55 años del ataque al cuartel Moncada, considerado oficialmente como el inicio del movimiento armado que, seis años después, llevó al poder a su hermano Fidel. Hasta aquí, nada se aparta de los guiones usuales. Las dictaduras son pródigas en fabricar simbologías, y la de los hermanos Castro ha seguido esa línea con empecinada insistencia.

Lo paradójico fue que las alabanzas a la revolución y el socialismo se produjeron en momentos cuando, precisamente, el nuevo gobernante se empeña en desmontar una parte de sus peores vicios, no porque esté convencido de que Cuba necesita una verdadera reforma, sino porque ha reconocido el rotundo fracaso del modelo y la imperiosa necesidad de modificarlo, al menos en lo más paralizante e ineficiente, para permitir que algo se mantenga a flote; sobre todo, el control del grupo que lo rodea.

Es decir, los cubanos fueron congregados para festejar un fracaso, pero pretendiendo que se trata de un éxito, difícil posición para alguien que, como Raúl Castro, desde que fue confirmado en su cargo de presidente ha debido caminar por una precaria línea entre el cambio inevitable para la supervivencia y los controles necesarios para mantener el mando.

Hasta ahora, este curso de acción ha implicado algunos alivios a la población en aspectos simbólicos, pero no ha sido capaz de afrontar con éxito los grandes desafíos económicos, sociales y políticos.

Un primer conjunto de medidas ha estado orientado a abrir mayores posibilidades de consumo a los cubanos, como comprar teléfonos celulares y reproductores de vídeo, o entrar a hoteles antes solo para extranjeros. Sin embargo, para ejercer tal derecho, hay que pagar en los llamados “pesos convertibles”, a los que solo tienen acceso quienes reciben divisas del exterior; es decir, un grupo privilegiado. Así, la medida, aunque ha aliviado presión en un segmento de la sociedad, ha hecho más visible la desigualdad que existe en la Isla.

Para comenzar a romper en sus raíces tal problema, se necesita una profunda reforma económica. Castro, sin embargo, solo ha optado por autorizar el ejercicio independiente de algunos oficios y concesionar tierras estatales a los campesinos, no con el propósito de modificar la estructura productiva, sino de mejorar el suministro de alimentos. En la actualidad, más del 50% de las tierras cultivables de la Isla están cubiertas de maleza, y prácticamente la totalidad de los granos, así como muchos otros productos agrícolas, deben importarse. La presión que esto pone sobre las escuálidas arcas del régimen es cada vez menos sostenible, y el espectro de inmanejables desabastecimientos está entre las mayores preocupaciones del régimen.

También Raúl Castro ha comenzado a introducir diferencias en salarios, según actividades y rendimientos, luego de reconocer, contrariamente al discurso oficial anterior, que la “igualdad” es imposible en el socialismo. Sin embargo, el cambio ha sido tan limitado, la estructura en que se da es tan rígida y los recursos para aplicarlo son tan magros, que ha impactado muy poco en el bienestar de la gente, sobre todo cuando los precios de todos los artículos han comenzado a subir.

La contradictoria celebración de ayer, por esto, es un símbolo de las muchas otras contradicciones que enfrenta el régimen, y de las cuales difícilmente podrá salir a menos que se decida, de una vez por todas, a una verdadera reforma. Hasta ahora, sin embargo, las señales también son opuestas.

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