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Costa Rica, Domingo 27 de julio de 2008

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Página Quince

Óscar Arias Sánchez

Lo que no te destruye te fortalece

 La política ocasiona heridas por las que uno aprende a respirar

Presidente de la República

La política es gestión de vida, y en eso se opone a la guerra. Los estrategas militares, los dictadores y los cínicos, sin duda dirán que hacer la guerra es también hacer política, pero yo creo que es negarla. No solo las rutas de la paz, sino también las del desarrollo, las de la justicia, las de la libertad y las de la solidaridad, se trazan con el poder político. Por eso, y nada más, soy presidente de la República.

Por eso, y nada más, porque ocupar cargos públicos, formar parte de la discusión política nacional, es beber diariamente un vino que a veces es dulce y a veces amargo, que a veces embriaga y a veces envenena, que a veces sana y a veces lastima. La política es el vino de la vida sin decantar, y sin duda ocasiona heridas por las que uno aprende a respirar.

Mentiría si afirmo que no he atravesado por momentos difíciles en los más de treinta años que he vivido de alguna forma vinculado con la política costarricense. Yo no creo que este pueblo merezca un presidente inmutable e insensible, que nunca haya tenido que hacer de tripas corazón en medio de un pasaje sinuoso de su vida. No hay valentía en la evasión, sino en la superación; no hay mérito en la suerte de no topar con problemas, sino en la voluntad de buscarles solución. Le he pedido a Dios lo mismo que le pedía Tagore: “No me dejéis rezar por encontrar refugio frente a los peligros, sino para no sentir miedo cuando los enfrente. No me dejéis implorar por alivio para mi dolor, sino por el corazón para conquistarlo. No me dejéis buscar aliados en el campo de batalla de la vida, sino buscar mi propia fuerza. No me dejéis huir ”.

A menudo me preguntan si este gobierno ha sido para mí más fácil o más difícil que el anterior. Siempre les respondo que no sé. Si es cuestión de momentos de angustia y ansiedad, probablemente nada se compare con aquella noche de agosto de 1987, antes de partir a Guatemala a la firma del Plan de Paz. Creo que esa angustia se refleja en las palabras que dije entonces a los costarricenses: “Sé que la tarea es enorme y muchos obstáculos parecen insuperables. Sé también que en esta causa estamos obligados a triunfar ”.

Afición a la esperanza. Desde la firma del Plan de Paz y hasta ahora, he cultivado una afición a la esperanza que sin duda me ha servido en otras ocasiones. Me sirvió durante el largo proceso de negociación de la deuda externa, por el que Costa Rica logró el perdón de más de $1.000 millones, y que se inició en junio de 1986 y concluyó el 5 de mayo de 1990, en un acto en el Museo Nacional. Me sirvió al momento de tomar la decisión de romper las relaciones diplomáticas con Taiwán, y establecerlas con China. Me sirvió a lo largo de los meses previos a la celebración del referéndum por el TLC, que hizo resaltar fanatismos que pusieron al país al filo de la violencia, y cuya aprobación significaba modernizar instituciones con un aura de inamovibilidad.

En todos esos casos, luché contra las presiones y contra el pesimismo de algunos. Luché porque creía en lo que estaba defendiendo. Creí, y creo, que la guerra es el peor enemigo de la humanidad y que la región centroamericana merecía la paz. Creía que la deuda externa era impagable y constituía el principal obstáculo para un desarrollo más acelerado de nuestro pueblo. Creía que era imposible negar la existencia del país más populoso del mundo. Creía, y así lo dije desde octubre de 2003, que era necesario abrir el mercado de seguros y telecomunicaciones, y aprobar el tratado de libre comercio con el mayor socio comercial del país, Estados Unidos.

Nunca he engañado a los costarricenses, ni les he dejado de decir lo que pienso y lo que quiero hacer. Si acepté aspirar a la Presidencia de la República una segunda vez, una idea que había rechazado al concluir mi primer mandato, fue precisamente porque sé que tengo el valor para tomar decisiones, no importa cuán difíciles sean, y eso es algo que aprendí como ministro de Planificación con don Pepe y con don Daniel Oduber, en mis años de diputado, como secretario general del Partido Liberación Nacional, en las dos campañas políticas en las que he sido candidato presidencial, y en los 6 años que he servido a este país como presidente de la República.

Los últimos días. Los últimos días no han sido sencillos ni para mí ni para el Gobierno. Hemos tenido que soportar la maledicencia de algunos, el agravio de otros, y la mala fe de muchos. Tampoco han sido días sencillos para el país, que se encuentra en medio de una crisis energética y alimentaria que afecta a buena parte de la población mundial. Pero sé bien que se moverá de nuevo el péndulo de la política, y volverá la satisfacción de servir y construir, el orgullo de proponer, convencer y crear. Sé bien que, cuando el cielo empiece a clarear de nuevo, volverán las raíces fortalecidas del alma a traer la savia de las experiencias vividas. Y en esa savia vendrá el vino dulce que me ha enseñado que es cierto que todo lo que no te destruye te fortalece.

Alrededor de toda decisión de importancia habrá siempre un cerco de oposiciones y malos augurios. Sería un pésimo político si ese cerco me impulsara a rendirme. He tenido la enorme dicha de contar con el apoyo del pueblo costarricense en cada paso empinado de la senda de mi vida, y por eso precisamente sé que, no importa cuántas veces caiga, no viviré de rodillas. Por amor a Costa Rica caminaré siempre al lado de mi pueblo, al lado de sus sueños, al lado de sus justas aspiraciones. Seguiré creyendo que la política es gestión de vida porque ha sido gestión de la mía.

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