LN OPINIÓN

Costa Rica, Miércoles 23 de julio de 2008

/OPINIÓN

EDITORIAL

Un curso de confrontación

 Daniel Ortega se empeña en una desafiante irresponsabilidad interna y externa

 Con su retórica inflamada compite con los peores exabruptos de Hugo Chávez

Conforme el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por razones aún indescifrables, pero siempre bienvenidas, ha comenzado a tomar cierta distancia de sus peores exabruptos, ha rectificado algunas de sus posturas más extremas y hasta conminó a las FARC a deponer las armas, soltar sus rehenes y dejar en paz a Colombia, desde Managua la dirección va en sentido inverso.

Sin la gracia, la original truculencia, la maliciosa soltura y los recursos de poder real de Chávez, el presidente Daniel Ortega apenas es una mala caricatura del tosco original. Aun así, se empeña en emularlo cada vez más, para desgracia de Nicaragua, y lo que le falta en ímpetu, colorido, histrionismo, dinero y proyección más allá de sus fronteras, lo suple con una agresividad destemplada, un desdén absoluto por la democracia, un desafío casi suicida frente a los donantes internacionales y una absoluta miopía sobre sus responsabilidades como gobernante. En este 19 de julio, aniversario de la caída de la dictadura de Anastasio Somoza a manos de la insurrección sandinista, la evidencia fue notoria.

Desde días atrás, Ortega, sin que nadie se lo solicitara, había manifestado su intención de lograr que los “hermanos” de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se abrieran a la negociación. Como era lógico, la reacción negativa no se hizo esperar desde Bogotá, no solo porque se trataba de una intervención directa en sus asuntos internos, sino también porque provenía del menos confiable de los mediadores: desde hace tiempo, a la tradicional disputa territorial con Colombia, por ciertas islas del Caribe y sus aguas territoriales y patrimoniales, Ortega ha añadido sistemáticos ataques al presidente Álvaro Uribe y múltiples provocaciones, mediante una actitud de cercanía y complicidad con la narcoguerrilla, que ya ningún otro gobernante pone de manifiesto.

Si Chávez, desde la tribuna mediática deAló, Presidente , logró sostener por años el imán de la atención internacional, no solo se debió a su notable talento pendenciero, sin par en la historia política latinoamericana, sino a que ha tenido grandes aliados: la inmensa riqueza petrolera venezolana y una capacidad casi ilimitada para repartir prebendas, dentro y fuera del país.

Mientras la chequera estuviera fondeada, los vecinos –salvo Colombia– fueran tolerantes o cómplices, y el tinglado de poder interno diera oxígeno a su Gobierno de ocurrencias autoritarias, Chávez tenía la atención y la influencia garantizadas.

Pero el andamiaje ha comenzado a mostrar fisuras, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Chávez, al parecer, ha comprendido –aunque sea parcialmente– que jamás tan serias fallas podrán ser compensadas con payasadas imprudentes y ofensivas. Esto puede explicar su relativa moderación de semanas recientes.

Para Ortega la realidad es mucho más grave. La proporción de los nicaragüenses que lo rechazan es casi de cuatro a uno sobre quienes lo apoyan. El desempleo y la pobreza no ceden. La producción nacional, ya escuálida, ha perdido ímpetu. Los donantes internacionales cada vez se muestran más críticos. La eficacia de su administración es lamentable. Y los sectores democráticos, aunque dispersos, están activos; de ello fue evidencia la celebración alterna a la de Ortega, organizada en León por el Movimiento de Renovación Sandinista.

La manifestación oficial, en Managua, reunió a Chávez; Evo Morales, su colega de Bolivia, y Fernando Lugo, el presidente electo de Paraguay. Las arengas del anfitrión fueron constantes. Pero lo que no pudo convocar, a pesar del gran esfuerzo de movilización, fue un espontáneo apoyo popular, cada vez más escuálido.

A pesar de su impopularidad creciente, de la agudización de sus problemas económicos y sociales, y de la crispación política existente, Ortega no ha dado muestra alguna de rectificación. Al contrario, hasta ahora, lejos de aquilatar debidamente el curso de choque hacia el que se encamina Nicaragua y la posibilidad de perder mucha de la vital ayuda que le proporcionan Gobiernos democráticos y organismos multilaterales, se ha aferrado a la arbitrariedad interna y los desarticulados insultos externos.

Su grave mensaje es que las vías de entendimiento están cerradas y que el ejercicio de gobierno es una mezcla de autoritarismo, incompetencia y retórica virulenta, no un esfuerzo de realismo, seriedad, competencia, respeto y visión. Si la dirección no cambia, el desenlace puede ser fatal.

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