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Costa Rica, Lunes 21 de julio de 2008

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Rodrigo París Steffens | rodrigo_paris@yahoo.com

La crisis de la educación

 El cambio cultural ha creado una juventud semianalfabeta y una delincuencia sin freno

Profesor universitario

Comentaba don Julio Rodríguez, hace un par de semanas, en su columnaEn vela , que la defectuosa educación que se imparte hoy en día en escuelas y colegios pone en peligro la capacidad del país para integrarse a un mundo más dinámico, más lleno de desafíos, y, por lo tanto, más exigente.

El problema no es nuevo, pero adquiere particular importancia precisamente en momentos en que la situación internacional más demanda de nosotros. Es obvio que cada día hay más oportunidades desaprovechadas, entre otras cosas porque el conocimiento de idiomas extranjeros, entre otras deficiencias, deja muchísimo que desear. Basta con leer los periódicos para constatarlo.

Conocimientos básicos. A nivel tal vez más superficial, existe la carencia de ciertos conocimientos, sin los cuales el joven profesional se autodescalifica. Me refiero a conocimientos básicos de historia, tanto mundial como nacional. El pasado constituye, para un número escandaloso de ellos, un horizonte brumoso, en donde las dos guerras mundiales, que tanto contribuyeron a cambiar el mundo, para bien y para mal, pueden haber sucedido en cualquier momento entre el siglo pasado y el descubrimiento de América. Tal vez me equivoque, pero creo que sin conocer el pasado no es posible una verdadera comprensión del presente. Después de todo, no se les está pidiendo que tengan un conocimiento detallado de la historia de la India o de China, sino un conocimiento, al menos esquemático, de la historia del mundo occidental, al cual nuestro país pertenece.

Al mismo nivel superficial pertenece el desconocimiento de la geografía, y no hablo de la geografía de regiones lejanas, sino de la de nuestro hemisferio. La misma bruma, que a veces pasa a ser neblina espesa, existe en lo que se refiere al corazón de América del Sur, en donde Colombia y Paraguay puede que compartan una frontera común.Hic sunt leones , como decían nuestros antepasados de hace un par de siglos, refiriéndose al corazón del África en ese entonces inexplorada.

Sin embargo, lo verdaderamente serio es el desconocimiento del propio idioma, en el cual también observamos vastas áreas cubiertas por la misma bruma. No es solamente un problema de vocabulario, el cual es muy serio. También se carece de conocimiento de expresiones diseñadas para enriquecer la conversación, de manera que referencias, por ejemplo, a una “cacería de brujas”, o a tomar el papel de “abogado del diablo”, o a “tirios y troyanos”, solo causan confusión, pues nadie sabe qué se quiere decir con ellas.

Leer en voz alta lleva a un tartamudeo penoso e incomprensible. Redactar se reduce a frases incomprensibles, sin pies ni cabeza, sin principio ni fin.

Para ser justo, quiero agregar –y es esto, talvez, lo más doloroso– que tan evidente como las terribles deficiencias, es que son muchachos y muchachas (valga la nueva convención…) inteligentes, simpáticos, dignos del mejor esfuerzo de quienes están a cargo de su educación, aunque es cierto que la tarea de recuperarlos es abrumadora y casi sobrehumana.

Todo esto lleva, casi inevitablemente, a que la lectura sea percibida como una tortura, impuesta por los adultos, como diría el andaluz, ‘por jodé’, de manera que se lee, en las pocas ocasiones en que se lee, de mala gana, sin comprensión ni concentración, en un ejercicio inútil que nada deja más que frustración y resentimiento.

Problema profundo. Sería muy fácil, y no totalmente incorrecto, culpar por esta tragedia –pues ninguna otra palabra describe mejor lo que vengo de describir– a la televisión. El problema es más profundo y más grave pues, creo yo, remonta a un cambio cultural del que la televisión no es sino el síntoma más obvio. Es, en gran parte, el ‘facilismo’, la tendencia a ceder en todo, ya sea por pereza o por temor a ser percibido como pasado de moda o irremediablemente burgués, o por una interpretación aberrante de los derechos humanos que, en último análisis, afirma que existe un derecho a ser ignorante, derecho que no puede ser irrespetado por las autoridades.

Para terminar, yo estoy convencido de que el cambio cultural que nos ha llevado a crear una juventud con frecuencia semianalfabeta, es el mismo que nos ha llevado a una delincuencia desenfrenada y a un consumismo autodestructivo, y que no me vengan los políticos hablando de solidaridad, como si esta pudiera ser creada por medio de leyes y decretos. La solidaridad surge espontáneamente de una sociedad sana y respetuosa de sí misma, lo que, aparentemente, nosotros hemos dejado de ser.

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