EDITORIAL |
Han caído los ingresos fiscales que percibe el Gobierno Central en términos reales. La reducción, de momento, es relativamente pequeña y se percibe por la menor recaudación relativa registrada en los últimos doce meses, de julio del 2007 a junio de este año. Pero podría incrementarse más significativamente en el futuro inmediato pues refleja el menor crecimiento del producto interno bruto (PIB). ¿Qué repercusiones podría tener la menor recaudación para la estabilidad de la economía y el bienestar de los costarricenses? ¿Qué acciones se pueden adoptar para evitar potenciales efectos negativos? Esos temas deben preocuparnos a todos, especialmente a las autoridades.
Según reportamos en nuestra edición del pasado viernes, los ingresos totales en términos reales han caído un 1,2% en ese período. Entre los rubros que mayor reducción mostró está el impuesto sobre la renta, cuya disminución real fue del 3,23%. Los ingresos de aduanas, influidos fuertemente por el incremento de las importaciones en este período, bajaron solamente un 0,39%, pero podría ser mayor si disminuyen las importaciones, lo cual es previsible como parte del ajuste. Juntos, ambos impuestos representan un 60% de la recaudación tributaria total. Y, según los datos reportados, la caída se nota más fuertemente en los últimos tres meses, lo que podría empezar a marcar una tendencia declinante. Y de ahí cabe preguntarse por qué ha bajado la recaudación en términos reales si en los últimos tres años los impuestos venían creciendo a tasas muy dinámicas, por encima de la inflación.
La variable que explica la menor recaudación en términos reales se asocia principalmente con el menor crecimiento de la producción (PIB). Está suficientemente demostrado con base en la experiencia nacional e internacional que las mayores tasas de crecimiento real del PIB implican mayores tasas de recaudación tributaria, y a la inversa. En los últimos tres años, hasta el 2007, el PIB venía creciendo a una tasa real promedio alrededor del 6% y los ingresos se expandían a tasas superiores al incremento nominal del PIB. Pero la economía se ha venido desacelerando desde finales del año pasado, según muestra el índice mensual de actividad económica (IMAE) que calcula el Banco Central. Y esa desaceleración del crecimiento de la producción refleja, en parte, la ralentización de la economía mundial, para ubicarse en una nueva tendencia descendente del ciclo productivo. En el futuro, es muy posible esperar que los ingresos fiscales reflejen ese menor crecimiento y podrían afectar el equilibrio macroeconómico. Como consecuencia, los resultados de las principales variables: inflación, tipo de cambio y tasas de interés, podrían también deteriorarse.
La respuesta dada por el ministro de Hacienda, Guillermo Zúñiga, para encarar el problema es buena pero insuficiente. Recomendó redoblar esfuerzos para mejorar la recaudación, lo cual, más bien, debe ser una política de carácter permanente. Pero para enfrentar un problema que potencialmente puede ser delicado, se requiere algo más que mejorar la recaudación. Es necesario formular todo un planteamiento fiscal comprensivo para preservar el equilibrio, que involucre no solo los mejores esfuerzos por mejorar la recaudación, sino también las erogaciones dentro de un contexto de equidad, eficiencia y neutralidad fiscal. No se puede descartar que suban las tasas de interés y aumente fuertemente el gasto por esa vía.
Por otra parte, el nivel de ingresos fiscales debe preservarse, incluyendo los impuestos que se recaudan por la venta del diésel. En este aspecto, no conviene crear mayores distorsiones productivas frente a los otros tipos de combustibles, por el impacto en la asignación eficiente de los recursos y el estímulo al uso del diésel por rebajar su precios cuando lo que conviene es, más bien, lo contrario. Y desde el punto de vista de los gastos, deben limitarse en estricta concordancia con la merma en los ingresos, sin sacrificar la equidad (programas sociales probadamente eficaces) ni la infraestructura, absolutamente indispensable para el desarrollo, para no presionar el tipo de cambio, las tasas de interés ni la inflación, que tiene efectos sociales perniciosos. Ignorar este sano equilibrio iría en perjuicio de toda la colectividad.
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