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Página QuinceIsabel Román |
Socióloga
Cuando la casa en que vivimos se deteriora o el entorno que la rodea se transforma radicalmente, de inmediato pensamos en la necesidad de cambiar también nosotros, siempre, por supuesto, con la idea de mejorar. Costa Rica, la casa de todos, no solo ha experimentado cambios relevantes en su estructura y en el contexto que la rodea, sino también deterioros importantes que obligan a pensar en nuevos diseños para el logro del bienestar.
La renovación pasa por tener en cuenta los principales cambios experimentados, así como los nuevos riesgos y oportunidades que estos entrañan para las generaciones actuales y futuras. Entre las transformaciones más notables pueden destacarse tres. En primer lugar, hoy estamos frente a la consolidación de una sociedad cada vez más basada en la tecnología y el conocimiento, lo cual, sin duda, crea nuevas oportunidades, pero también nuevas desigualdades, especialmente por las distancias que se han venido consolidando entre las personas calificadas y las no calificadas.
En segundo lugar, la sociedad costarricense vive cambios profundos en lo que concierne a la estructura de las familias. El perfil tradicional de familia –papá trabajando, mamá en la casa, hijos en la escuela– se ha venido modificando. La realidad actual es la de una mayor pluralidad: por un lado encontramos familias especialmente vulnerables, como los hogares con jefatura femenina, mientras por otro lado hay familias en las que ambos cónyuges trabajan (lo que, además, crea nuevas polaridades entre los tipos de familias según sus ingresos) y también familias conformadas por adultos mayores sin hijos, con buenas pensiones, capacidad de ahorro y un horizonte aún amplio de esperanza de vida (y a la vez su opuesto, de familias extendidas con adultos mayores pobres y dependientes).
Nuevos desafíos. El tercer cambio relevante es, sin duda, la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral. Como hemos señalado en artículos anteriores, la participación femenina amplía las oportunidades que tiene el país para elevar la productividad y la competitividad nacionales. Sin embargo, la posibilidad de aprovechar este importante contingente de mano de obra se ve obstaculizada por las persistentes condiciones de discriminación que experimentan las mujeres en materia de ingresos y jornadas laborales, así como por la ausencia de una infraestructura social de cuido para sus hijos, todo lo cual termina incrementando la desigualdad.
Tres cambios significativos que plantean nuevos desafíos al diseño de nuestro sistema de protección social y, en consecuencia, a la arquitectura y financiamiento de nuestro Estado de bienestar. Algunas pinceladas para renovar diseños se describen a continuación.
Para enfrentar las desigualdades crecientes de la sociedad del conocimiento, invertir en estimular las capacidades cognitivas de nuestros niños y niñas desde la primera infancia parece ser el camino adecuado. Países como Dinamarca y Suecia han hecho la gran diferencia en el contexto de la OECD precisamente por invertir en un sistema de cuidado materno-infantil y preescolar igualitario, de alta calidad, con el cual se busca garantizar que nadie se quede atrás en materia de desarrollo cognitivo. Logran así que niños que vienen de familias con bajo capital cultural dejen de estar en desventaja respecto a otros niños de familias con altos grados de escolaridad y climas educativos más favorables. Se apuesta por educar para la vida, sentando las bases del desempeño escolar futuro. Se trata, guardando las distancias del caso, de una experiencia no ajena para muchos de nuestros Cen-Cinai que han dirigido esfuerzos en esta línea. Universalizar esta red, dándole una presencia cercana a los centros de trabajo, en zonas de alta concentración de población y también de pobreza, y hacerlo con altos estándares de calidad sería, sin duda, un avance en la dirección correcta.
Segundo bono demográfico. Lo anterior puede contribuir además a cerrar algunas de las brechas que afectan la inserción laboral femenina. Hoy en día la incorporación plena de las mujeres al mercado de trabajo se dificulta por falta de opciones de cuido, y a menudo esa necesidad se resuelve de manera privada, lo que implica costos adicionales para ellas. Si esos costos fueran asumidos conjuntamente por el Estado y el sector privado tendríamos una fórmula “ganar-ganar” para todos, pero en especial para las mujeres.
Un último elemento que deberíamos empezar a considerar con más detenimiento es lo que nuestros demógrafos han denominado el “segundo bono demográfico”. Se trata de una condición que el país disfruta desde la década de los noventa y que hace referencia a la existencia de “una población relativamente numerosa en edades de máxima acumulación y productividad, generalmente mayores de 50 años, cuya riqueza en forma de ahorros, bienes raíces o fondos de derechos de pensión se traduce en una creciente masa de ahorro interno acumulado en previsión a la vejez (Rosero y Robles, 2006).
El uso productivo de este ahorro podría canalizarse hacia inversiones productivas, apoyando iniciativas como las aquí señaladas. Esta podría ser la base para la construcción de nuevos acuerdos intergeneracionales que revitalicen nuestro compromiso histórico de propiciar el bienestar del mayor número posible de costarricenses y de tener un país sin grandes distancias entre grupos sociales.
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