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Martín Santiváñez Vivanco |
Martín Santiváñez Vivanco es director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas
En un acto digno de una tragedia de Shakespeare, el voto en contra de Julio Cobos, presidente del Senado y vicepresidente del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, ha dado un golpe mortal al intento irreflexivo del ejecutivo argentino de implantar, aut concilio aut ense , una polémica ley sobre los aranceles a la exportación de soja, trigo y girasol, cultivos en los que se funda la riqueza feraz de la pampa sudamericana.
El revés en el Senado deteriora de manera irremediable el programa impositivo de la presidenta peronista. Desde hace meses, los Kirchner han tenido que enfrentar una retahíla de protestas intermitentes lideradas por los gremios de agricultores con el apoyo de sectores públicos en los que incluso no han faltado segmentos del propio oficialismo. El intento de gravar con impuestos las exportaciones de granos originó un desborde popular del campo a la ciudad, con sendas protestas y concentraciones que lograron mellar la imagen de la Presidenta. En apenas medio año de gestión, la popularidad de Cristina Kirchner se derrumbó clamorosamente del 52% al 26%. El halo de invulnerabilidad que rodeaba a los super-K ha terminado disipándose ante un alud de críticas y medidas estatistas sumamente ideologizadas que en poco o nada alivian la crisis económica que atraviesa el gigante austral.
La batalla postrera en el legislativo rioplatense no sólo denota la súbita correlación de fuerzas del peronismo y la oposición. También desnuda uno de los estigmas argentinos por antonomasia, el enfrentamiento soterrado entre el campo y la ciudad. La vieja pugna entre unitarios y federalistas –una querella pertinaz, aplazada, inconclusa– vuelve a reeditarse en las marchas organizadas por los agricultores, que aúnan a la plataforma tributaria la defensa de una mayor autonomía para las regiones. Así las cosas, el centralismo porteño es señalado por diversos caudillos federales como uno de los males que exacerban la crisis agraria y profundizan los ríos profundos que dividen a los argentinos.
Espasmo provincial. Cualquier pretensión dominante de la capital provoca un espasmo provincial que rechaza de plano las consignas estatales. Las huelgas comerciales, el lockout y los cortes en las rutas se convierten en medidas extremas que, pese a suponer pérdidas ingentes para el erario nacional, son esgrimidas como armas legítimas si de mantener la autonomía se trata. Esta tendencia continuará en alza, conforme se afiance la percepción de que el peronismo socialista que encarnan los Kirch- ner pretende convertirse en una reedición poco original de las teorías cepalianas que retrasaron el desarrollo de la región a lo largo de la década perdida.
El kirchnerismo no puede pelearse con el campo. Menos desde Buenos Aires. La obstinada ideologización filoprogresista de un sector del peronismo fue denunciada, en su momento, por el propio Perón, hombre pragmático por encima de todo. El general, a su retorno del exilio, condenó a los jóvenes turcos revolucionarios, excomulgando sus excesos, tildándolos, entre otras cosas, de “estúpidos” e “imberbes”. Un peronismo huérfano de carisma –Cristina Kirchner se preocupa más de las pasarelas que de los discursos– no puede darse el lujo de resquebrajar el frente social que históricamente ha configurado su sólida base electoral. Con los agricultores en contra y un monopolio estatal rampante y peligroso, el peronismo, ese océano turbulento de intereses y sensibilidades, amenaza con agrietarse, dando paso, tras la férula de Néstor y Cristina, a un nuevo reparto del poder. Los barones peronistas venderán caro su apoyo al K-régimen. Y la oposición, relegada tras la pax nestoriana, intentará nuevamente acrecentar su cuota de poder. Distinto es que lo consiga, postrada como está por su carencia de liderazgo.
Por ende, no se trata tan solo de una rebelión al interior del peronismo. Estamos, más bien, ante una reacción espontánea que se opone al dirigismo centralista de los Kir- chner. No es, como pretenden algunos sectores oficialistas, una conspiración a gran escala que busca desmontar los logros sociales de un gobierno supuestamente paradigmático. Es, por el contrario, una cuestión de poder y libertad. Sobre todo de libertad. No es posible que, en pleno siglo XXI, los Kirchner apelen a su sensibilidad revolucionaria y estaticen a diestro y siniestro todo lo que se mueve en la Argentina, debilitando a la sociedad civil y enjaulando la iniciativa privada. No se trata de otorgarle carta blanca al empresariado –faltaba más–, pero sí de interpretar el murmullo del campo que ha terminado por convertirse en una ola de indignación nacional.
El legado de Perón. Cuando el peronismo se viste de Prada, ensalzando lo fútil, privilegiando una agenda anacrónica e imponiendo reivindicaciones económicas sin el acuerdo previo de los actores sociales, Buenos Aires se transforma en un hervidero a punto de estallar. Argentina se acerca a un bicentenario plagado de dudas y complejos. Esta danza de puñales y gestos maquiavélicos en el seno peronista solo se explica si comprendemos –¿alguien puede?– la esencia de la religión laica que configura el legado de Perón. El general supo mantener en su entorno a los más disímiles ejemplares políticos, desde los jóvenes rebeldes, más tarde montoneros, hasta las huestes nacionalistas de la derecha promilitar. Dentro del prurito de la argentinización de la economía, los Kirch- ner se entregan instintivamente al copamiento tribal de la burocracia, vulnerando el Estado de derecho e instrumentalizando el tinglado constitucional.
El peronismo, sea de izquierda o derecha, tiene este problema institucional: adolece de una auténtica fobia a los cauces formales de la poliarquía, como el aprismo peruano o el priismo mexicano. El carisma es su elemento y su razón de existir. Por eso, medir fuerzas con el granero del mundo implica tener o mucha confianza en un liderazgo concreto o la sandez inexpugnable que caracteriza a aquellos que aunque gocen del poder, ni saben ni pueden gobernar. Y aunque el peronismo no tenga dueño –eso dicen los argentinos– la pampa ubérrima sí lo tiene. Los Kirchner, tras años de luna de miel con el pueblo, han terminado estrellándose con la libertad indómita de los gauchos que la conquistaron. Hoy, pese a quien le pese, Martín Fierro no se va a rendir.
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