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Costa Rica, Viernes 18 de julio de 2008

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Página Quince

Mario Madrigal | papasil@ice.co.cr

Cala

 Rodolfo fue mi amigo casi desde la infancia

Periodista

Cuando un gran estadista, un poeta, un pintor, un deportista extraordinario o cualquier persona que destaque sobre sus semejantes muere, son muchos los que alaban sus logros, a menudo olvidando o minimizando sus errores. A través de los años he escrito sobre amigos que se han ido, como Lenín Garrido, César Valverde, Christian Rodríguez, Guido Fernández o Eduardo Jenkins, o incluso personas lejanas, como Laurence Olivier o Edith Piaf. Sin embargo, me parece que este homenaje también lo merecen las personas que, sin ser figuras públicas, hayan tenido una vida que merece recordar.

Uno de ellos es Rodolfo González, más conocido como Calandria, luego reducido a Cala, sobrenombre que heredó de su padre y de su abuelo, mencionado en un cuento de Magón. Recuerdo a su padre, don Alejandro, simpático, dicharachero, hombre de mundo, elegante al vestir, de verbo fácil y espontáneo. Cuentan que en sus años mozos, antes de casarse, era muy enamorado y en una ocasión estaba en la casa de una señora casada, no rezando, sino en otras actividades, cuando entró el esposo y él saltó por una ventana. El marido, furioso, preguntó a la criada: “¿Quién estaba aquí?” y, ella, temerosa, contestó: “No sé. Es alguien que habla mucho y tiene nombre de pájaro”. “Claro –bramó el marido–, ¡Calandria González!”. No sé si este cuento es cierto. Pero “se non è vero, è ben raccontato”.

Amigo de infancia. Rodolfo fue mi amigo casi desde la infancia. Compartimos el disfrute de la naturaleza y, durante muchos años, visitamos todas las regiones del país, hasta las más remotas. Recuerdo la primera visita a las Lagunas de Tortuguero, cuando pocas personas las visitaban, y duramos dos días en llegar, después de un trayecto en burro-car, otro en una lancha por un río desconocido y una noche en Parismina y luego el larguísimo trayecto en las lagunas, rompiendo con un machete los lirios (llenos de flores), mientras que miles de insectos y pequeñas ranas nos caían sobre los rostros. Y la subida al Volcán Rincón de la Vieja después de caminar diez horas, y la vez que atravesamos a nado el Río Grande de Térraba y no nos quedaba energía para regresar. Rodolfo tuvo una participación muy importante para el bien del país como jefe de un departamento del Consejo de Producción en los tiempos en que esta institución sí luchaba por el bienestar de la agricultura. Siempre fue fiel a sus obligaciones y nunca aceptó la menor insinuación de un soborno en un puesto en el cual alguien sin principios hubiera podido obtener una fortuna. Además, fue un buen esposo, buen padre y abuelo (eso me lo contó hace poco), buen ciudadano y una buena persona. Ojalá que todos, al irse, pudieran decir lo mismo.

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