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Costa Rica, Domingo 13 de julio de 2008

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Velia Govaere

La utopía necesaria

 Esa bandera existe, solo hay que tomarla

Abogada

No quiero repetir cantinelas sobre el cataclismo de las utopías modernas y el desencanto que ha dejado ese vacío dentro del alma de mi generación. De la caída del muro de Berlín llegó el encuentro con los contrastes de una globalización llena de contradicciones y desafíos. El chato mercado y la lucha comercial, en escenarios de desigualdad, tomaron por asalto la vida cotidiana y cualquier sueño diferente a aumentar la competitividad tuvo que salir por la ventana.

La verdad sea dicha, estábamos también ya hartos de tanto sacrificio humano en altares de falsos profetas. “Verdugos de ideales afligieron la tierra” hasta el cansancio y no fue en vano que la muerte de la última utopía moderna fuera celebrada con genuina y universal alegría. No me lamento del deceso de lo grotesco presentado como sublime.

El primer año sin muro en Berlín, 1990, se convirtió en el año de referencia de una nueva utopía, esta vez legítima y casi tan necesaria como, al parecer, imposible de alcanzar. Se trata ahora, como en las grandes epopeyas, de salvar nuestra civilización y la convivencia humana. La amenaza es el calentamiento global y su producto más espeluznante: el cambio climático.

¡Mucho más grave! Desde que el tema llenó el escenario mundial con la película “Una verdad Incómoda”, de Al Gore, el campo de los escépticos se fue raleando. La “negación” quedó solo como intento vano de distorsión de esta realidad. Una comisión de la NASA, según reporta el New York Times , reconoció hace apenas un mes que los reportes de esa agencia habían estado distorsionando y ocultando, por razones políticas, sus observaciones sobre cambio climático.

¿Es tan grave el problema que le toca vivir e intentar resolver a nuestra generación? ¡Mucho más de lo que se piensa! Al parecer, la película de Al Gore se quedó corta. En su informe de 2007, el Panel Internacional sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) advirtió que el nivel de los océanos podría subir medio metro, en este siglo, y que eso significaría anegar casi todos los puertos del planeta y las costas más pobladas y pobres del mundo. James E. Hansen afirma, sin embargo, que este pronóstico es demasiado… ¡optimista!

Este especialista de la NASA fue precisamente quien denunció que se estaban distorsionando las evidencias sobre el calentamiento global. Hansen afirma que las conclusiones del IPCC no tomaron en cuenta la posibilidad muy real de precipitado descongelamiento en los cascos de hielo de Groenlandia y Antártica que, de producirse, provocarían un crecimiento de nivel de los océanos de la aterradora cifra de 25 metros.

Mientras tanto, reuniones internacionales solo prometen seguir discutiendo sobre el tema y fuerzas políticas e intereses creados campean por sus fueros, como si no pasara nada. Estamos ante un nuevo paradigma de ética internacional. Concuerdo con monseñor Desmond Tutu cuando dice que“…es inmoral dejar que los pobres del mundo, con sus escasos recursos, tengan como única alternativa nadar o hundirse ante la amenaza del cambio climático”.

Preguntas sin respuesta. ¿No es esta una causa suficientemente grande y suficiente urgente como para inspirar el movimiento cívico y mundial más sano y enérgico de la historia? Pero parece tan utópico despertar a nuestra dormida generación como interesar efectivamente a los poderes del mundo. Somos una de las zonas más amenazadas y vulnerables del planeta y, sin embargo, a las puertas de la cuarta ronda de negociaciones con la Unión Europea, el tema ambiental sigue en pañales. Esperamos mucho de nuestros negociadores porque representan los intereses de un país pionero en los procesos de mitigación del cambio climático.

Con el ruido del viento llegan preguntas sin respuesta. ¿Qué quedó en concreto de la cumbre presidencial sobre cambio climático? ¿Entenderemos finalmente la necesidad de realizar Evaluaciones Estratégicas de los impactos ambientales del comercio? Un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea puede ser la oportunidad de oro para asegurar en toda Centroamérica una armonización de leyes y políticas ambientales. ¿No debemos ver el cambio climático también como un fallo del mercado? ¿Acaso la armonización regional en materia ambiental no es una oportunidad tan válida como la armonización aduanera?

Si se añora una bandera que con su brillo aliente nuestros esfuerzos hacia una meta ideal y que, al hacerlo, funda en un solo corazón los sueños de nuestra cibernauta generación, no hay que buscar con lupa. Esa bandera existe, solo hay que tomarla.

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