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Rodolfo Cerdas |
politólogo
Dado que muchos ya están denunciando cómo el poder corrompe, sobre todo cuando se concentra, su ejercicio se hace opaco y la crítica escasea, aprovecharé para esclarecer la filosofía de esta columna.
No creo que “el menos común de los sentidos sea el sentido común”; más bien diría que es la suma de los prejuicios, los lugares comunes y las simplezas de toda una época, como decía Descartes. Son las anteojeras con interpretan el mundo y lo miden los simplistas, en especial “cuando vivimos la tragedia de haber visto, bajo los falsos colores de la esperanza, una nueva mentira superponerse a la antigua”.
Esto, claro, instala en cierta soledad y nos hace víctimas de los prejuicios y las refutaciones más hilarantes, como la que dice que actúo de mala fe o resentido porque la mayoría dice lo contrario. Olvidan que toda gran verdad comenzó por ser una infamia. La mayoría creyó que la Tierra era plana y el Sol giraba en su derredor. Por decir lo contrario, Galileo y Servet, Giordano Bruno y tantos otros, fueron condenados y hasta quemados en la hoguera. Jesús escandalizó al sanar un sábado y sostener la herejía de que elsabat era para el hombre y no al revés. En política, afirmar la igualdad humana contra el derecho divino de los reyes y nobles fue otra blasfemia.
Por eso es que la crítica democrática al poder y sus abusos, a la ceguera de las élites, a los prejuicios y miopías de un orden social en crisis, pero considerado natural y eterno, es vital. Montesquieu señaló el camino cuando, como Saramago, pensó “que el deber del intelectual era asumir la responsabilidad de tener ojos cuando los demás los habían perdido…”; que había que “destruir la ceguera de los que no ven más que a través de los convencionalismos, de la rutina, de los dogmas aprendidos y de los discursos repetidos. Contra este tipo de ceguera se impone la lucidez de una observación rigurosa y desprovista de prejuicios que descubra la relatividad de las cosas”.
Esto inspira mi columna, sin temores al poder, ni deseos de agradar a sus acólitos y sicofantes. La vida ha demostrado que tenía razón cuando critiqué la hidra de dos bolsillos del PLUSC; el no gobierno de don Abel y su voraz plan fiscal; y ahora a los erráticos vaivenes y pifias del Gobierno. Confirmé lo que decía Camus: “Hay un tipo de sinceridad tan confusa que resulta peor que una mentira”. Por eso he repetido que las apariencias engañan, aunque eso hiciera cierto el amargo pero sabio dicho de Séneca: “Un amigo en el poder es un amigo menos”. De allí que, ante la crítica, sigo la enseñanza de Concepción Arenal:
En caso próspero o adverso
No echarás nunca en olvido
Que es elogio el más cumplido
La censura del perverso .
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