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PolígonoFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
químico
Tuve un sueño memorable: por razones de las que solo la FIFA sabía, la selección tica de fútbol jugaba con su similar de Islandia la serie de “repechaje” por un puesto en la final del campeonato mundial. En Reykiavik, el partido de ida había terminado sin goles y, para fastidio de los vikingos, el de vuelta se jugaría en el estadio de Liberia, donde se esperaba que aquella tarde de domingo hiciera un calor de los que quiebran hasta las rocas. El estadio, habilitado para treinta mil fanáticos, estaba repleto y, para mi sorpresa, todos los espectadores –hombres y mujeres– eran empleados, debidamente identificados con pañuelos de colores, de A y A, el ICE, la CCSS, el INA, la UCR, JAPDEVA, la UNA, el INS, la UNED, el BCR, el ITCR, el BN, el ITCR, BANCREDITO, el MOPT, el MEP, el MAG, el MINAE y un etcétera más largo que un gobierno malo. Así las cosas, pasados diez minutos de juego, Islandia, con dos goles, había dejado al estadio más silencioso que un día feriado en Montes de Oca y la burocracia no reaccionó sino cuando, por los altoparlantes, un deprimido animador la urgió a darle ánimos a la tricolor.
A partir de aquel momento, se levantó en Guanacaste un rugido entonado por las vibrantes gargantas de treinta mil servidores públicos que se desgañitaban cantando: “¡Sí se puede!, ¡sí se puede!, ¡sí se puede!”.
Bajo el estímulo de aquel bramido pampero que podía escucharse hasta en Rivas y Puntarenas, la muchachada de Kenton se soltó a jugar como nunca antes lo había hecho y terminó el primer tiempo con un empate, pero lo mejor llegó en la etapa de complemento cuando el termómetro (37 grados) y cien heroicos alaridos burocráticos dignos de la guerra de Troya hicieron que la tricolor, con tres goles más, fundiera los cuernos de los Olafos.
Si bien el éxtasis nacional fue tan infinito como el universo, duró muy poco. El sueño se tornó en pesadilla apenas amaneció el onírico lunes, pues ese día, cada vez que un ciudadano hacía algún trámite regular y sencillo en una dependencia pública; cada vez que un estudiante o un profesor intentaba en un colegio o en una universidad que le resolvieran un problema de matrícula o pretendía que no le pusieran trabas en un proyecto académico; cada vez que un enfermo se acercaba en busca del bien morir en una clínica o en un hospital, como siempre emergía de la garganta y el corazón de algún burócrata el estentóreo grito de “¡no se puede!, ¡no se puede!, ¡no se puede!”, indistinguible del mismo que desde 1953, gane o pierda la “sele”, venimos escuchando los ticos en plena vigilia y en cuanta fregada institución existe.
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