Nature News Causa desconcierto que la NASA, la agencia espacial de los Estados Unidos, se disponga a concentrar inmensos recursos y esfuerzos para repetir sus logros de hace cuatro décadas.
El nuevo presidente de la NASA ha enunciado el propósito de que la agencia ponga otra persona en la Luna para el año 2020. Esto implica una gestación más larga que las anteriores misiones Apolo. ¿Por qué un objetivo tecnológico se ha vuelto menos factible que hace casi medio siglo?
Monika Gisler y Didier Sornette, del Instituto Federal Suizo de Tecnología, en Zúrich, ofrecen una respuesta parcial.
Según señalan en un artículo, el programa Apolo fue una anomalía equivalente a las burbujas especulativas que emergen en la economía.
En una economía en expansión, las expectativas sobre los precios futuros se inflan de manera desmesurada. Esto conduce a una especulación desbocada y finalmente a un crack .
Durante una expansión tecnológica del tipo ejemplificado por la misión Apolo, hay “inversiones y esfuerzos irracionales”, señalan Gisler y Sornette.
Eso significa que el esfuerzo y los recursos que hicieron posible el aterrizaje del Apolo en la Luna en 1969 no puede ser explicado por un equilibrio racional del valor económico o científico de la empresa.
El proyecto Apolo se tragó unos $25.000 millones en moneda de la década de los años 60, un valor muy superior al de la actualidad. Además, se llevó tres vidas.
Sin embargo, desapareció súbitamente de la conciencia pública a comienzos de los años 70, como cualquier burbuja económica.
Las economías en expansión son miradas con cierta sospecha. Después de todo, se basan en un optimismo excesivo y generalmente terminan mal.
Sin embargo, Gisler y Sornette señalan que esa idea tradicional se halla en entredicho.
Las consecuencias a mediano término de las burbujas económicas pueden ser catastróficas, pero algunos han sostenido que traen robustos beneficios a largo plazo.
Así, pueden crear infraestructuras comerciales valiosas o estimular nuevas tecnologías. Basta observar lo robusto de los sectores del mercado en la Internet que han sobrevivido en el nuevo siglo.
Según los investigadores, eso también podría ser cierto en el caso de las burbujas científicas y tecnológicas, como el programa Apolo.
Si ellos tienen razón en que avances técnicos importantes pueden depender de expectativas infladas, las implicaciones para la evolución de la tecnología son asombrosas; pero ¿tienen razón?
¿Cómo se libró la carrera? Ciertamente hay algo extraño con respecto al caso Apolo. Tradicionalmente, tiende a ser descrito como una secuela de la Guerra Fría: un gesto de Estados Unidos para proclamar su poderío tecnológico.
Si una potencia puede hacer descender a un hombre en la Luna desde una distancia de 380.000 km, mandar un misil nuclear a Moscú debería ser un juego de niños.
Indudablemente hay cierta verdad en eso: el Sputnik y el programa espacial soviético obligaron a Estados Unidos a concentrarse en la carrera espacial.
Luego está el asunto de la opinión pública. Contra la imagen de un apoyo público y político unánime, el programa Apolo afrontó oposición y escepticismo.
La opinión pública fluctuó mucho, y el entusiasmo inicial declinó. A lo largo de la década de 1960, solo una pequeña minoría de la población norteamericana estuvo en favor de aumentar el presupuesto de la NASA.
Si finalmente se llegó a la Luna, sostienen Gisler y Sornette, eso se debe en gran parte a la decisión de unas pocas figuras claves, especialmente del presidente Lyndon Baines Johnson.
La afirmación de Johnson de que el programa “brindaría amplios ingresos en seguridad, prestigio, conocimiento y beneficios materiales” parecía tener poco parecido con la verdad. De todas formas, se creó una industria, encargada de proveer su propia justificación.
Es interesante comparar la situación con lo que ocurre en la actualidad. Es fácil localizar intentos similares para inflar los beneficios técnicos y económicos de la exploración del espacio.
Por cierto, en un discurso en el 2007, el jefe de la NASA, Mike Griffin, admitió que los supuestos beneficios para la economía, la ciencia y la seguridad nacionales son simplemente las “razones aceptables” para explorar el espacio, no las “razones reales”.
La sinceridad de Griffin es loable, aunque sus hechos se discutan: un gasto tan inmenso para resultados poco rentables no tiene mucho sentido económico.
Cuando Griffin establece una analogía con el programa de la construcción de las catedrales medievales, se muestra bastante acertado.
Esas catedrales fueron también productos de una expansión económica. No fueron proyectos bien manejados ni unieron a la población. En ocasiones, los gravámenes fueron impuestos por la fuerza a los habitantes de un lugar, y esos habitantes obtuvieron escasos beneficios económicos.
Las grandes catedrales también costaron vidas, y a veces fallaron de manera catastrófica. Nosotros tenemos el lujo de estar agradecidos por ellas, pero un campesino medieval probablemente no lo estuvo.
Soplar burbujas. Todas las burbujas terminan por estallar. Como señalan Gisler y Sornette, las misiones Apolo terminaban en la derrota. Una vez que habían alcanzado su objetivo, el público perdía interés y los argumentos que intentaban racionalizarla se evaporaban.
Sin embargo, si se requiere algo como un fenómeno burbuja para conseguir un objetivo tan enorme, ¿qué implica eso para las pre-ocupaciones tecnológicas contemporáneas?
Algunos han sostenido, por ejemplo, que el desafío de encontrar fuentes de energía limpia debería tener el alcance del Proyecto Manhattan, que tuvo como resultado la fabricación de la pri-mera bomba atómica. Para eso se emplearon todos los recursos que la sociedad pudo recolectar.
¿Qué pasa si los proyectos de esta magnitud no acontecen porque son importantes, o incluso vitales, sino porque se necesitan las condiciones correctas para inflar la burbuja?
¿Podemos distinguir por adelantado aquellas burbujas que traerán un capital social genuino de aquellas que representan un despilfarro?
Gisler y Sornette no exhiben todavía ninguna pretensión para decirnos qué es lo correcto, pero una cosa parece bastante clara: las buenas intenciones no son suficientes.
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El 16 de julio de 1969 despegó el Apolo 11, que resultó ser la primera misión tripulada en llegar hasta la superficie de la Luna. NASA
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