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Julián Astorga | julian@julianastorga.com |
Estudiante universitario
Existen, no lo dudo, al menos dos diferentes versiones de Ingrid Betancourt. Ambas de ellas inmortalizadas en lienzos multimediáticos: la primera es aquella mujer de blusa gris, el pelo largo suelto y con la mirada oculta en el suelo. Es la efigie de una mujer, débil, demacrada y destruida, por la cautividad, aniquilada por las inclemencias de la distancia, el tiempo y el abandono. La otra es la mujer que con un vigor superior a la fortaleza del cuerpo, la que hace declaraciones sobrias en una pista de una base militar, que enfrenta el hambre periodística con el pelo recogido y con chaqueta militar.
La ilusión pictográfica nos puede hacer pensar que, si la primera es cautiva, la otra es libre. En realidad, ninguna de las dos lo es.
Uribe, Sarkozy y Larry King. Otros tres hombres son quienes la encierran en la jungla de la información, donde el castigo por la fuga no será la remoción de las botas de hule, sería el desprestigio.
Para Uribe, Ingrid Betancourt es el principal logro de su paso por la presidencia colombiana. Sin duda alguna, es un punto y aparte en toda la política relativa a las FARC; el presidente cafetalero queda consagrado como un hombre de acción, un hombre que cumple sus metas, que lo hace unos días después de anunciar la decisión de adelantar las elecciones. Ningún soldado anónimo, ni general, se llevará la gloria de haber liberado a los quince rehenes: su salvador es Álvaro Uribe.
Para Sarkozy, Ingrid Betancourt es una oportunidad más de acaparar el foco mediático, de desviar la atención de la ardua labor correspondiente a la posesión de la presidencia rotativa de la Unión Europea. “Le Président Superstar” (como lo llama un semanario alemán) presenta a Ingrid Betancourt en París como si se tratara de una celebridad, o de un espectáculo de circo montado para satisfacer el hambre voraz de los destellos de flashes Reuterianos, AFPianos o AssociatedPressianos.
Para Larry King, Ingrid Betancourt es la figura que interrogó, perdón, entrevistó. Antes de la entrevista, se podía prever no el rumbo de la conversación, el detalle innecesario sobre su secuestro, la repetición morbosa de las condicio- nes prehistóricas en las que vivió. Luego, los detalles de la liberación, cómo las pupilas del hombre de tirantes se dilatarían en una falsa emoción. Para terminar, las preguntas de despedida: qué se ve en el futuro de Ingrid Betancourt, cuál será su rol en el futuro de Colombia, cómo calzan Uribe y Sarkozy, etc.
El Che e Ingrid. La efigie del Che Guevara que se recoge en camisetas, afiches y hasta billetes fue el símbolo de una década de lucha cuarenta años atrás. Hoy, la efigie de la mujer de blusa gris y cabello suelto es el símbolo de las víctimas de una lucha diferentes. Ella representa a aquellas víctimas de los violentos detractores de la democracia. Centenares de periódicos portaron su imagen el día después de su liberación, titulando sobre la imagen ya conocida en todos los idiomas de Babel que Ingrid Betancourt estaba libre.
De no haber muerto el Che, no dudo que hoy no se reconocería en la tan popular imagen. Llegaría a odiarla, a arrepentirse de ella, esa imagen lo habría encasillado de por vida. Algo similar ocurrirá con Betancourt; en ella nadie ve más la candidata a la presidencia. De ella nadie espera que se pronuncie acertadamente sobre temas que no se relacionen con cautividad, con guerrillas o libertad.
Ella no es más una mujer-política-madre, es una rehén-prisionera-mujer. Aquello que alguna vez creyó que podría hacer por su país hoy se habrá diluido entre las pesadillas de su secuestro y en las nocivas y repetitivas preguntas de la prensa global. Aunque esa mujer sea fuerte en sus declaraciones, sobre su piel queda el estigma de un símbolo; se dibujarán por siempre sobre su cara las sombras de la demacración de esa foto, de blusa gris y largo cabello suelto.
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