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Página QuincePaul Salem |
Paul Salem es director del Carnegie Middle East Center en Beirut, Líbano Copyright: Project Syndicate, 2008 Traducción de Claudia Martínez
BEIRUT – La insurrección armada de Hezbolá en mayo, que afectó a Beirut y otras partes del Líbano, le asestó otro golpe más a las esperanzas de una verdadera soberanía estatal en el país, fortaleciendo a Hezbolá y debilitando al Gobierno respaldado por Occidente. Pero también trajo aparejado un nuevo acuerdo, negociado en Doha, Qatar, que dio lugar a una elección presidencial después de un prolongado estancamiento, a la formación de un Gobierno de unidad nacional, a una nueva ley electoral y a la reanudación de un diálogo nacional sobre las relaciones entre el Estado y otros actores no estatales, particularmente Hezbolá.
Existe mucha especulación respecto de la motivación detrás de la decisión del Gobierno, en el mes de mayo, de despedir al jefe de seguridad aeroportuaria pro-Hezbolá e investigar la red de telecomunicaciones privada de Hezbolá, lo cual desató las confrontaciones. El Gobierno había soportado una prolongada presión internacional para cumplir al menos con algunos de sus compromisos internacionales para contener a Hezbolá, y erróneamente calculó que el grupo únicamente respondería de una manera acotada.
Más importante aún, el Gobierno calculó equivocadamente que Hezbolá no se arriesgaría a choques entre chiitas y sunitas en Beirut.
Fuerte influencia. Interrogantes similares rodean los motivos de Hezbolá para perpetrar una acción en gran escala que amenazó con un conflicto armado sectario y puso en peligro su ventajosa posición moral. Sin embargo Hezbolá, en gran medida, alcanzó sus objetivos. Militarmente, echó por tierra cualquier potencial milicia armada en Beirut occidental que pudiera entorpecer sus movimientos más allá de los suburbios del sur. También aseguró rutas claves al sur y al este de Beirut dominadas anteriormente por el líder druso Walid Junblat, a la vez que reaseguró su acceso al aeropuerto y puertos marítimos de la capital.
Desde un punto de vista político, Hezbolá abandonó su política de esperar la acción del Gobierno y, en cambio, lo presionó hasta el punto de ruptura, generando rápidamente un nuevo statu quo . Ahora ejerce una fuerte influencia sobre el nuevo presidente a quien ayudó a llegar al poder y cuenta con un veto de bloqueo en el próximo Gobierno, a la vez que logró trazar una línea clara en la arena con respecto al carácter intocable de sus armas y su infraestructura de comunicaciones y operaciones.
Hezbolá y su principal promotor, Irán, estaban motivados por dos preocupaciones: el miedo del próximo ataque israelí, que Hezbolá cree inevitable, y el temor por las conversaciones de paz sirio-israelíes que, si resultaran exitosas, podrían dejar a Hezbolá sin su principal puente a Irán. Hezbolá se ha estado rearmando y redesplegando desde la guerra de 2006; las acciones de mayo consolidan aún más su posición en Beirut y los alrededores. Al reafirmar su acceso al aeropuerto y los puertos marítimos, y al consolidar la situación política en el país, Hezbolá puede sobrevivir mejor a un giro en la política siria: Estados Unidos e Israel ya no pueden pedirle a Siria que “entregue” a Hezbolá como parte de un acuerdo de paz sobre el Golán.
Protección política. Es más, al resucitar las débiles instituciones del Estado libanés, Hezbolá gana una importante protección política frente a un ataque externo. A Israel le resultará difícil lanzar un ataque de gran escala contra Hezbolá si este participa en un Estado libanés semiestable liderado por un presidente reconocido internacionalmente, con un primer ministro prooccidental y un parlamento elegido democráticamente, plagado de turistas y protegido por 10.000 tropas FINUL en el sur. En otras palabras, la estrategia de supervivencia de Hezbolá depende en parte de la coraza protectora de un Estado libanés desvencijado.
Las maniobras de Hezbolá fueron claramente una derrota para Estados Unidos y Arabia Saudí. Sin embargo, cuando vieron que Hezbolá había limitado las demandas y quería que la coalición respaldada por Occidente en el Líbano continuara liderando el Gobierno, optaron por sacar ventaja de la adversidad. Estados Unidos y Arabia Saudí le dieron la bienvenida al Acuerdo de Doha y la elección del nuevo presidente, mientras que la secretaria de Estado, Condoleeza Rice, voló a Beirut para expresar el apoyo norteamericano al presidente y al Estado libanés.
El papel de Qatar respecto a generar una resolución, junto con el de Turquía a la hora de mediar en las conversaciones sirio-israelíes, señala un retorno al pragmatismo en las relaciones en Oriente Medio. También indica el punto muerto al que ha conducido la política ideológica de Estados Unidos, Irán y Arabia Saudí.
Si bien el acuerdo de Doha esconde serias contradicciones políticas e institucionales, refuerza ciertamente el surgimiento de un enfoque pragmático para gestionar las crisis de la región. El Líbano ahora avanza con dificultad y acarrea consigo las contradicciones de la política interna y regional.
El acuerdo de Doha podría permitir una cantidad de meses, o años, de relativa calma. Pero hasta que el Estado libanés pueda integrar o dominar a las milicias no estatales, y hasta que se calmen algunas de las confrontaciones enfervorizadas en el entorno inmediato libanés, es muy probable que el Líbano no conozca la verdadera estabilidad.
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