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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
Cuando la Contraloría General de la República determine si los recursos del BCIE o del Gobierno de Taiwán, en la saga respectiva, se han manejado conforme a la ley o en su menoscabo, será la hora del juicio definitivo. No cabe duda, sin embargo, de que, en este capítulo, han reinado la confusión, la oscuridad y la imprecisión, propias de nuestra maraña institucional.
Lo oscuro es lo que carece de claridad. Lo borroso es lo que carece de precisión. Lo confuso es lo que carece de orden. Sin embargo, dicen los maestros que estos tres términos se dan siempre juntos en filosofía. Y agrego: en política. De esta concurrencia proviene el embrollo de los funcionarios y del propio BCIE en dar respuestas convincentes, lo cual abre las puertas a toda clase de conjeturas que, si se desbordan, no son atribuibles a una conspiración, sino a los funcionarios públicos.
La transparencia es un valor ético, pero, antes, es una condición intelectual y, como tal, íntimamente unida a los actos. La transparencia supone una percepción nítida de los hechos, de lo que ha ocurrido. Y, como la vieja definición de verdad está vigente –la adecuación entre el pensamiento y la realidad–, su corrupción, por la fractura entre los hechos y el entendimiento, da lugar a todo tipo de desviaciones.
Digo esto por cuanto uno de los aspectos más preocupantes, en esta serie de reportajes de La Nación , ha sido el desconocimiento cabal, confesado o supuesto, de parte de altos funcionarios públicos y aun de la Presidencia de la República, sobre los hechos y sus relaciones. De aquí se infiere, primero, flaccidez de la coordinación interna y, segundo, falta de crítica interna, condiciones básicas para un ejercicio eficaz de la función pública o privada. El talento, la experiencia y la honorabilidad no son suficientes. Sin una deliberación constante –dominio de los hechos más crítica sistemática– se puede incurrir en errores, disparates, ocurrencias, y aceptar gatos por liebres. Es el camino típico de la ciencia. No hay razón para que no sea el de la política, carcomida siempre por el subjetivismo y toda suerte de tentaciones.
Y lo dicho sobre la Presidencia de la República abarca a cada ministerio y a cada institución autónoma. Entiendo que el presidente de la comisión de hacendarios del parlamento alemán es siempre un diputado de la oposición. El sometimiento a la luz ajena –limpia y honrada– puede sacarnos de las tinieblas y evitar el peor de los pecados políticos: el amiguismo, el miedo a la crítica, el no oír al otro, al que más sabe… La decisión final se toma en la soledad, pero esta decisión se nutre de la controversia o razonamientos sobre opiniones opuestas.
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