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Costa Rica, Viernes 11 de julio de 2008

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EDITORIAL

Entre la frustración y el avance

 La cumbre del G-8 no produjo grandes éxitos; tampoco fue un fracaso

 Quedó en evidencia que, como nunca, los desafíos de hoy superan al grupo

Los gobernantes del Grupo de los Ocho (G-8), integrado por los siete países más industrializados del planeta, más Rusia, se reunieron durante tres días en el remoto balneario japonés de Hokkaido, en un momento de particular complejidad para el mundo, con no confesada certeza de que su capacidad de incidir en el curso de los acontecimientos es, hoy, mucho menor que en el pasado. Por esto no debe sorprender que, al término de su encuentro, el miércoles, el saldo manifiesto fuera bastante modesto, aunque quizá mejor que el de otras ocasiones.

La reunión se celebró en medio de lo que el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, califica como una “triple crisis” o “desafíos interconectados”: la dramática alza en los alimentos, el cambio climático y los problemas de desarrollo, sobre todo de los países africanos. A esto hay que agregar los precios del petróleo, las tribulaciones crediticias internacionales, el repunte en la inflación, la moderación del crecimiento mundial e, incluso, un problema tan concreto como grave: la burla electoral del dictador de Zimbabue, Robert Mugabe, frente a la cual sus colegas africanos muy poco han podido (o querido) hacer.

Como reconocimiento de la interconexión de temas, retos, regiones y países, los japoneses se encargaron de hacer de esta la cumbre del G-8 con mayor participación externa. Durante su primer día, el lunes, los jefes de Gobierno de Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá, Japón y Rusia recibieron a siete de sus colegas africanos. El tema central fue la ayuda al desarrollo y el combate de enfermedades. El resultado: la promesa de $60.000 millones en ayuda durante cinco años, para mejorar la alimentación y luchar contra el sida, la malaria y la tuberculosis.

El martes, los líderes de los “ocho grandes” se reunieron a solas para discutir los temas de mayor alcance global. A ellos se unieron, al día siguiente, los gobernantes del ahora llamado G-5 (China, India, Brasil, México y Sudáfrica), junto a los de Indonesia, Corea del Sur y Australia, con un tema central de interés y, a la vez, discordia: qué hacer para reducir las emisiones de gas con efecto invernadero.

Ante la imposibilidad de establecer metas a mediano plazo –es decir, el 2020–, el G-8 decidió diferirlas tres décadas más, un tiempo absurdamente extendido, con la promesa de que, para el 2050, reducirán sus emisiones al menos en un 50%. No quedó establecido, sin embargo, a partir de qué momento: si, por ejemplo, 1990, como propone la Unión Europea, o el 2005, la preferencia de Japón. Además, ni el G-5 ni el resto de los invitados finales se sumaron siquiera al vago compromiso, aunque todos dijeron compartir la “visión” de que se necesitan “recortes profundos” en la contaminación.

La cumbre planteó también un conjunto de medidas destinadas a frenar el encarecimiento del petróleo y de los alimentos, mediante mayor oferta, eficiencia y transparencia de mercados, entre otras cosas; se comprometió a desentrabar las negociaciones de la llamada “ronda de Doha” de la Organización Mundial de Comercio (OMC); a cooperar frente a los problemas financieros internacionales y a impulsar en la ONU sanciones contra la tiranía de Mugabe, algo que, sin embargo, Rusia amenazó con vetar en el Consejo de Seguridad.

Si tomamos en cuenta las crisis y desafíos interconectados del mundo, así como la creciente incapacidad de solo ocho potencias para lidiar con ellos, la valoración general más justa que se puede hacer de esta cumbre es que, como ha sido tradición, no satisfizo las expectativas. Sin embargo, avanzó en nuevas modalidades de abordaje de los temas, en reconocer la importancia de otros países y regiones, y, al menos, en establecer algunas metas sobre cambio climático y ayuda a África. Es decir, el resultado, según quien lo vea, estuvo entre la frustración moderada y el avance modesto.

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