Costa Rica, Domingo 6 de julio de 2008

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Rodolfo Cerdas

Ojo Crítico

politólogo

El Presidente, desairando a la Sala IV y a la Asamblea, reinterpretó a su gusto la Constitución y violentó la práctica –respetada por él muchas veces–, de llamar en su ausencia a la Vicepresidenta. Es, ni más ni menos, un nuevo menosprecio al mandato constitucional, como si en vez de gobernar se quisiera reinar. El bonapartismo presidencial parece cada vez más inclinado a subestimar los controles, a molestarse por tener que rendir cuentas y a disgustarse por su obligación de informar, como si ejerciera en una “dictadura en democracia”.

Esta semana ha sido una feria de luz y sombras. Mientras el Ejecutivo pontificaba sobre libertad de información y transparencia, resultaba embrollado en maniobras financieras tortuosas y oscuras. ElSuper Ministro denunció la oscuridad de los mal pensados, pero se evidenció feliz con la suya propia. Quizá por eso, ante el destape que le hizo La Nación –relata un vespertino–, no pudo ocultar “la indignación y molestia” con la prensa.

Los desaires a la Sala IV y al Legislativo, solo fueron extensión del menosprecio que le hizo a la Defensoría su dócil fracción. Por eso los millones manejados bajo la manga por la Presidencia: fuera del presupuesto, en cuentas paralelas y secretas, sin contratos ni comprobantes fehacientes, son un deliberado intento de burlar a la Contraloría y al sistema administrativo y laboral del Estado. Las suyas resultan ser como aquellas cuentas del Gran Capitán: “en picos, palas y azadones, cien millones”.

Con los dineros de la burlada Taiwán y del BCIE se financió el reino de la opacidad presidencial, al servicio del Ejecutivo. Un nuevo Estado paralelo, como del que se quejaba John Bhiel, pero ahora de la empresa privada Arias Hnos. y Cía., sin molestos controles, ni rendición de cuentas, ni información a la prensa. Adiós Estado de Derecho. Funcionarios que no lo son, fondos para erradicar tugurios en Pavas, gastados en computadoras y fabricación de imagen; dineros para asistencia técnica, usados para pagar acólitos, políticos genuflexos, servidores personales y adversarios complacientes. El BCIE los nombra y Zapote los escoge; la jefa de prensa presidencial no lo es y por eso le niega información a sus colegas; y un largo etc. Sin Contraloría, ni leyes administrativas y contra la corrupción, allí nadie responde: ni la Mitsubishi, ni la Chevrolet.

Todo es tan, pero tan transparente, que los millones, los funcionarios y los contratos se volvieron invisibles. Claro, salvo los opacos; pero esos eran todos. De allí que cuando apareció la malvenida prensa, con sus preguntas e insolencias, lo que saltó a la luz, como diría el viejo Molière, fue el reino de los Tartufos.

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