Costa Rica, Domingo 6 de julio de 2008

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Rómulo Vega González

“La Suiza” que se niega al desarrollo

 Muchos mitos que han formado parte de nuestra visión de mundo deben ser derribados

Escuela de Lenguas Modernas (UCR)

Todas las culturas crean sus mitos para poder excusar y explicar su realidad. Dos mitos han formado parte de nuestra visión del mundo. Primero, durante el siglo XX, nos autonombramos la “Suiza Centroamericana” con algo de egocentrismo frente a los vecinos. Sin embargo, la metáfora ya perdió comparación. Por otro lado, recuerdo de pequeño cuando se me enfatizaba que Costa Rica no tenía grandes centros históricos, pero que nuestro “tesoro” era la riqueza natural. Al no tener ciudades coloniales ni iglesias barrocas, podíamos ofrecer la exuberancia natural casi como un realismo mágico a lo García Márquez. Sin embargo, nunca me dijeron que la naturaleza no conocía las fronteras políticas, y que un país vecino del sur tenía lo último, pero también lo que nosotros carecíamos en arquitectura colonial.

El ejército desarmado. Nos autollamamos y apropiamos del título suizo, no solo para resaltar la ausencia de ejército, sino para destacarnos del resto de los países de la región. Es cierto que no tenemos militares, pero la agresión en la calle (como ejemplo la forma de conducir generalizada) y en el hogar (en especial contra la mujer) es tan traumática como la presencia militar. No tenemos ejército, pero vivimos en cárceles y limitados a desplazarnos como si hubiera toque de queda.

Los ambientalistas y el desarrollo. Los ambientalistas impiden todo desarrollo turístico que les suene a $, simplemente porque los conciertan con EE. UU. No obstante, no afinan ni rasgan. No quieren entender que nuestra economía ya no es cafetalera ni florista, sino turística. No razonan que los países se levantan con las divisas (¿De qué creen que vive Islandia?, un país sin casi recursos naturales, y es el de los más desarrollados de Europa y con los habitantes más felices del planeta –aun con sus largas noches de invierno y sin la parranda del sol tropical de estas regiones–).

Recientemente, se aprobó un decreto para Guanacaste que limita la altura de proyectos inmobiliarios, medida en parte cuestionable, pues lo que va a fomentar es el desarrollo horizontal con más daño para el ambiente. Por otro lado, algunos medios televisivos han satanizado la construcción y desarrollos turísticos de algunas playas de Costa Rica, como si los 1.460 km de costas estuvieran siendo “invadidos”–es solo un 2% al 3% del total–. Si bien es necesario regular y proteger las zonas que lo merecen, definitivamente se deben zonificar las regiones donde se puede construir de forma vertical para no agotar los terrenos y afectar los acuíferos. Sin embargo, para los ambientalistas, la naturaleza tiene un valor relativo, pues solo hay que defender la cercana a las costas, pero no dicen nada de las colinas invadidas de tugurios que también afectan los mantos acuíferos en la periferia metropolitana. No veo a estos ambientalistas ni grupos “patrióticos” quejándose de la contaminación sónica de San José o de los ríos envenenados. Al turismo hay que ofrecerle todas las posibilidades. No a todos les interesa tirarse de puentes o andar de árbol en árbol, la mayoría con medios viene a descansar en hoteles.

Así han satanizado Jacó; no obstante, muchos cantones de Costa Rica desearían tener su desarrollo, orden y limpieza. ¿Drogas en Jacó? También las veo a cien metros de la Universidad de Costa Rica. Crean el mito de que nos “despojan de nuestras playas”, y si mal no recuerdo, el turista tico es el que más ensucia y contamina las playas con basura y ruido; son los extranjeros quienes las protegen más.

El PRUGAM. Al mismo tiempo, aparece un programa llamado PRUGAM, patrocinado por la Unión Europea –sin mencionar sus méritos, que quiere imponer medidas que solo son apropiadas para las ciudades europeas–. Quieren obstaculizar el desarrollo vertical que la Municipalidad de San José reconoce como la más necesaria para proteger los terrenos y satisfacer la demanda de vivienda. El antojadizo límite de 16 pisos para una ciudad capital es absurdo. ¿Dónde se construirá cuando no haya espacio?

Al igual que hace casi treinta años cuando se construyó el Banco Nacional de Costa Rica (el edificio más alto del país), el señor Tomás Martínez da argumentos subjetivos y hasta risibles para frenar la construcción de edificios altos: que estos afectan la circulación del aire y producen sombra indeseable (pero no ven la sombra “putrefaciente” de los árboles frente al Banco Central y el Correo Central) y lo peor, la escala humana “se empequeñece”. Para PRUGAM habría que botar las pirámides en Teotihuacán, las catedrales góticas y los rascacielos de Chicago, simplemente porque “reducen las escala humana”.

Un programa no puede limitar la creatividad arquitectónica; sería como decirle al músico “hágame una sinfonía, pero de diez minutos”. La idea de los rascacielos, y grandes obras arquitectónicas, también es la de crear asombro al espectador (pathos ) y transformar el ambiente, esa es supoiesis . Finalmente, entre otros, sugieren ciclovías (como si San José fuera Ámsterdam o Copenhague), sin pensar en la quebrada orografía ni en la inseguridad.

No quiero pensar que el rascacielo que de más de 30 pisos sobre avenida 10 terminó, por estos prejuicios, en dos torres con los mismos casi fetichistas 15 pisos que manejan las constructoras nacionales –que al final será más caro construir y gastará más terreno que podría ocuparse para zonas verdes, aunque el área de construcción sea la misma–.

Panamá y Costa Rica. La naturaleza no conoce fronteras políticas; Panamá tiene sus rascacielos y desarrollos turísticos, además de sus ciudades coloniales, pero también tiene la misma naturaleza nuestra y ofrecida en bandeja de plata al turista con sus súper carreteras. Nuestros vuelos se desvían a Tocumen por no tener una pista iluminada, mientras allá ya sacaron el plan de expansión del aeropuerto para cuando tengan 10 millones y están construyendo 32 mangas. Aquí hemos durado 35 años en planear cómo hacer la carretera a Caldera, cómo utilizar el tren y cómo afrontar recientemente el incremento de la violencia, mientras en Panamá se arreglan las escuelas y dan computadores a los escolares (claro, con el excedente de divisas) . Se nos van para allá los profesionales en ingeniería y arquitectura; y muchas compañías prefieren irse al país del sur puesto que nosotros no tenemos profesionales bilingües.

En Panamá se protege el ambiente, hay turismo ecológico, pero también tienen rascacielos y megaproyectos. Sus índices de desarrollo humano crecen positivamente, mientras los nuestros caen.

No niego los problemas de marginalidad social, ni de pobreza en Panamá, muy similares a los nuestros, aunque su actitud los pone en ventaja sobre nosotros. Sí, somos “un paraíso” (pero no una “Suiza”) comparados con otros países vecinos, pero no debemos atenernos a ello y frenar el desarrollo económico y social. Así como los antiguos y los colonos legaron maravillas arquitectónicas, nuestras lejanas futuras generaciones no tendrán de qué maravillarse.

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