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Polígono Fernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
Pirañazgo
Jóvenes, hermana y hermano, hijos de padres respetuosos de la ley, nunca han recibido consejos sobre sobornos y, urgidos de obtener sus permisos de conducir, se han preparado a conciencia para someterse, sin añagazas, a los exámenes de rigor. No saben que, cuando uno de sus progenitores visitó la dependencia donde se gestionan las citas (estaba saturado el primitivo “colcénter”), un gavilán lo abordó con el ofrecimiento de conseguirle, sin trámites, “los plásticos” (es decir, las licencias) a cambio de una suma que, empeñado en no dar un mal ejemplo a los muchachos, se negó a desembolsar para seguir con lo que, como se verá, resultaría pura comedia: a la joven, novel estudiante universitaria, le dan cita para el examen escrito a las 7:30 a. m. de cierto día, llega con puntualidad, se integra a la cola, pero no la hacen pasar sino a las 3 de la tarde después de ver con asombro cómo numerosas personas entran directamente sin tener que esperar ni un minuto. Por supuesto, a la muchacha no le pasa por la mente que cada “colado” ya aprobó,summa cum fraude, el examen crucial de la mordida.
Y hay más: cuando le corresponde hacer el examen práctico, por tratarse de una chica agraciada tiene que mostrar firmeza ante los “aleteos” del examinador –empleado estatal, recordemos– y, como no hace lo que todas las otras víctimas (abrir con generosidad la jaula de los tucanes, alias billetera), el probo funcionario la reprueba sin razón alguna y le informa que, según lo dispone una ley o un reglamento, debe esperar diez días hábiles antes de repetir el examen. Piensa, hay derecho a suponerlo, que en ese plazo la ciudadanita se decidirá a comportarse y regresará con los billetes listos para poder, así, ser declarada apta para conducir sin provocar accidentes. Días después al hermano le va igual, salvo porque el examinador que le toca es a todas luces heterosexual y no intenta tocarle: reprobado por tacaño y no por ser mal conductor, el joven se indigna, reclama por el abuso y, finalmente, le pregunta al honorable que si lo que quiere es plata, pero el funcionario le dice paladinamente que “ya no”.
Hecha la suma, a los decentes progenitores no les queda más remedio que interrumpir el decoroso proceso de educación de sus hijos y recomendarles que, para la próxima, se sometan rigurosamente al guión que siempre se ha representado en ese teatro oficial donde, a vista y paciencia de las autoridades, cientos de costarricenses tienen que participar día a día en una danza de corrupción que, dicho sea de paso (ancho o angosto), debería bailarse al son de una pieza de Paganini.
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