Costa Rica, Miércoles 27 de febrero de 2008

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Víctor Ml. Mora Mesén

¿Vale la pena creer?

Director del Saint Francis College

Es indiscutible que, en estos tiempos, la pertinencia de la fe se ha puesto a prueba. La religión tiene muchos competidores, que, si bien no siempre son sus opositores directos, se ofrecen como caminos más expeditos en la realización de los deseos humanos. Por eso, nuestra pregunta tiene que ser respondida con total sinceridad.

En el Evangelio de Juan, capítulo nueve, encontramos un relato bastante elocuente que nos puede iluminar. Hay que tener en cuenta que poco antes de este episodio, el autor narra un conflicto entre Jesús y el grupo de los fariseos, que termina con el intento de apedrearlo por sus comentarios acerca del templo de Jerusalén, lugar donde se desarrolla toda la escena. La amenaza no cuaja y Jesús simplemente se retira; es entonces cuando ve en la puerta del templo a un ciego de nacimiento.

Contexto y sentido. Según la idiosincrasia de la época, una enfermedad de este tipo era considerada como el pago de una condena divina por el pecado propio o el de los antepasados; pero Jesús rechaza semejante idea y, por medio de un gesto simbólico, cura al enfermo. Lo interesante es que él desaparece totalmente de la secuencia narrativa, dejando al hombre curado totalmente solo. Ante la sorpresa de la gente por la curación del ciego, se inicia una nueva polémica, cuyo clímax es un interrogatorio que los fariseos hacen al que antes fue ciego.

El propósito de esta especie de juicio es arrancar de la boca de aquel hombre que Jesús es un pecador. Pero este puede ahora ver con claridad la realidad de las cosas y termina por desenmascarar los intereses del grupo opositor de Jesús. El resultado es la expulsión del hombre curado: una nueva condena por atreverse a ver más allá de una ideología religiosa alienante. Solo entonces Jesús se acerca para preguntarle si cree en el Hijo del Hombre, es decir, en el nuevo estilo de vida propuesto por sus palabras y acciones; la respuesta es afirmativa, porque solo Jesús fue capaz de verlo postrado, actuar en su favor y dejarlo en libertad para que decidiera el camino que debía tomar su existencia.

Acto libertador. Hay muchas mentiras que oscurecen la visión del ser humano actual. Y, como los fariseos del relato evangélico, aquellos que las promueven no quieren que seamos capaces de descubrir la realidad de las cosas. Sin embargo, la mentira nunca es un compromiso real con el bienestar del otro, porque se fundamenta en una visión parcializada, fruto de intereses mezquinos. Jesús no pretendía una adhesión acrítica a su predicación o a su persona. Él curó al ciego para que pudiera ver, el resultado del ejercicio de su nueva capacidad fue reconocer la veracidad de las intenciones del Galileo.

El verbo griegopisteuo , que suele traducirse porcreer , no se refiere en el Nuevo Testamento a un mero asentimiento intelectivo, sino a una actitud de confianza afectiva y volitiva. Es un compromiso existencial, que presupone una aceptación confiada de una relación entre Dios y el ser humano. Su resultado es un proceso de aprendizaje, que lleva al límite las capacidades de la persona en miras a su humanización radical. La Carta a los Hebreos, en el capítulo once, nos lo describe como una vida llena de coraje y audacia, cuyo horizonte es la esperanza en una realidad nueva para toda la humanidad.

¿Vale la pena creer? Sí, vale la pena creer, sobre todo hoy día cuando la superficialidad en las relaciones humanas y la asunción acrítica de patrones de conducta estereotipados parecen reinar a sus anchas. Rodeados por las tinieblas de nuestra ceguera conceptual, podemos sentir las manos recreadoras de Dios que abren nuestros ojos, si es que nos atrevemos a vivir en una libertad auténtica: aquella que se atreve a cuestionar y preguntar, y que termina por asumir el mismo compromiso emancipador que Dios tiene para con nosotros.

A pesar del sinsentido que crea la fragmentación de la persona que vive solamente para sí, alienada en la falsa certidumbre de la satisfacción solipsista del deseo, la propuesta existencial de Jesús nos alienta precisamente a permanecer en la esperanza y a arriesgarnos a asumir la aventura que ello supone.

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