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Página Quince. |
El comandante se despide
Por ahora,el cambioen Cuba esmuy limitado
periodista
Eduardo Ulibarri
¿Cambio de era en Cuba? No exageremos. Todavía falta. Es algo que solo podrá proclamarse con realismo cuando se transforme el sistema y –ojalá– lo reemplace una mezcla de realismo económico, democracia política y apertura social.
Sin embargo, tampoco puede restársele importancia al “Mensaje del Comandante en Jefe”, que ocupó ayer la portada del diario oficialGranma , y que, suscrito por Fidel Castro, se adelanta a la sucesión formal del poder que pronto se dará en la isla.
Breve adiós. Con una brevedad desusada, lo esencial del anuncio se reduce a 16 palabras: “No aspiraré ni aceptaré el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe”.
Esta línea, por supuesto, no está escrita en el vacío. Al contrario, es parte de unaperformance bien estructurada, y de varios actos.
Con el trasfondo de una salud en crónico deterioro y varios mensajes previos plagados de enigmáticas claves, el 20 de enero se produjeron las “elecciones” de partido único, para integrar la Asamblea del Poder Popular (parlamento decorativo), de 614 miembros.
Los dos Castro (Fidel y Raúl), por supuesto, estuvieron en la lista: primer símbolo de continuidad formal.
El siguiente capítulo tenía dos partes. La primera es la apertura de sesiones “parlamentarias”, el próximo domingo 24, durante las cuales se llenarán dos de los tres cargos máximos de la isla: presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. El tercero, secretario general del Partido Comunista, se oficializará en el seno de este último.
La segunda parte era si Fidel mantendría esas posiciones. Ayer dijo que no. Así, se despidió del poder formal, dentro de una liturgia que respeta las normas del propio régimen.
Fue otro ejemplo calculado de continuidad; otro intento más de sucesión controlada dentro de las estructuras del poder y con un elenco muy reducido: el de su hermano y sus más íntimos –y, hasta ahora, leales– colaboradores; los mismos que lo han acompañado en su convalecencia.
Formas relevantes. Por esto, no estamos ante una transición; menos, ante una transformación. Se trata, simplemente, de formalizar la sucesión; es decir, cambiar con la esperanza de que todo siga igual.
Sin embargo, incluso en un régimen personalista y totalitario, como el de Cuba, las formas y los símbolos importan, sobre todo si el entorno es cada vez menos favorable para el statu quo.
Precisamente por la acumulación de problemas económicos, por los cambios mundiales, por el descontento social, por la incertidumbre consustancial a un “supremo” replegado en su lecho de enfermo y por la incapacidad del sucesor para llenar su vacío, Raúl Castro se ha visto obligado a impulsar algunos tímidos cambios.
Ha comenzado por donde menos riesgos y más ganancias potenciales existen: la economía, con mayor apertura a las microactividades privadas y nuevos guiños a la inversión extranjera. Ha desarrollado tímidos ejercicios para oír reclamos, como ocurrió recientemente en algunos centros educativos y de trabajo. E hizo el gesto de liberar, por pedido de España, a cuatro presos de conciencia en precario estado de salud.
Otros cambios. Si, como todo indica, el Castro bis y edulcorado recibe los puestos oficiales que ejercía su hermano, y este se repliega al papel de “compañero Fidel”, siempre poderoso, pero cada vez menos, las posibilidades de cambios más profundos se volverán inevitables, aunque el deseo oficial sea otro.
Raúl no es un Deng Xiaping; menos, un Gorbachev. Sus dotes son inferiores; su control, simplemente heredado, y su voluntad transformadora, mucho más reducida, casi inexistente. Sin embargo, como militar que es, posee importantes dosis de pragmatismo, y, como caudillo que nunca ha sido, depende más de los resultados que de las promesas o de la historia para apuntalar su poder.
Todo lo anterior ocurre en un contexto de deterioro generalizado en el país; es decir, de un régimen colapsado, aunque aún presente. Por esto, Raúl está obligado a cambiar. En sus intenciones, probablemente, querrá hacerlo lo menos que sea necesario para mantenerse en el trono Sin embargo, la historia reciente del totalitarismo (China, por el momento, excluida) demuestra que las aperturas económicas tienen inevitables –y profundas– consecuencias sociales y políticas.
Esto quiere decir que, aunque ni el “Mensaje del Comandante en Jefe” ni lo que decida a partir del domingo un parlamento que no es son transformaciones esenciales, sí mejoran las condiciones para que se produzcan.
Solo cuando esto ocurra, con vigor –y, ojalá, paz– estaremos ante un verdadero cambio de era. Por el momento, solo es de disfraces.
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