Boston, EE. UU.
Epicentro de la ciencia
Periodista
Pensar, sentir, crear nuevo conocimiento y tener el mecanismo para hilvanar todo eso en un mensaje que pueda ser compartido con otros... esa es la maravilla del proceso cognitivo humano y la esencia que nos hace humanos.
¿Cómo fue que el cerebro en los homínidos evolucionó para dotarnos con la habilidad del lenguaje y el razonamiento? Ese es uno de los debates que se libra en la nueva reunión anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia.
Pero, mientras los “mejores” cerebros del mundo comparten sus ideas sobre la evolución del comportamiento humano y otras complejas disciplinas en este encuentro, algunos de ellos señalan una triste realidad: es muy difícil –no imposible, pero sí poco probable– que los niños que hoy están creciendo en pobreza se conviertan, dentro de unas décadas en quienes lideren esas discusiones.
No se trata solo de falta de acceso a la educación o una buena alimentación, el problema radica en que la pobreza afecta el desarrollo del cerebro.
Exámenes que miden científicamente la capacidad cognitiva de las personas lo demuestran: quienes provienen de un estrato económico-social bajo, en promedio, obtienen calificaciones más bajas que quienes vienen de un estrato socioeconómico medio.
Conexión perdida. El cerebro es un órgano plástico, maleable. Dotado de miles de millones de neuronas, distintas experiencias permiten formar conexiones entre esas células –llamadas sinapsis– que conforman los diversos sistemas neuronales.
Aunque la plasticidad del cerebro está presente a lo largo de la vida –siempre podemos aprender algo nuevo–, el momento en que el cerebro es más “maleable” es durante la infancia. Así, la pérdida de adquisición de una habilidad cuando se es pequeño, no puede ser compensada con mejores oportunidades en un futuro.
La pobreza no es el entorno óptimo para moldear un cerebro.
Todo tiene que ver con el estrés, afirma Jack Shonkoff, del Centro del Desarrollo del Niño de la Universidad de Harvard.
Mientras que un poco de estrés, como el que se experimenta cuando se entra en contacto con un desconocido o cuando se vive un poco de frustración, es beneficioso para el desarrollo del cerebro, el estrés (un proceso orgánico que libera varias sustancias a nivel cerebral) se vuelve tóxico cuando está de forma constante en el niño.
El vivir en un vecindario peligroso, con padres que trabajan más de una jornada diaria y están en constante preocupación por poner la comida en la mesa, hace que estos niños vivan en constante estrés y con poco apoyo de un adulto para sobrellevarlo.
Ese estado constante del cerebro, de alerta al peligro, afecta la formación de valiosas conexiones que moldean la estructura cerebral en la temprana infancia.
Pero los daños no son en todo el cerebro, son específicos. Estudios desarrollados por Martha Farah, de la Universidad de Pennsylvania, demuestran que las áreas del cerebro dedicadas al lenguaje y a la adquisición del conocimiento (memoria) son las afectadas en niños que crecen en la pobreza.
Se trata de un daño que puede ser prevenido. Helen Neville y Courtney Stevens, de la Universidad de Oregon, trabajan en el desarrollo de estrategias de intervención para ello. Sus resultados preliminares señalan que una escuela para padres, donde se les enseña a ser más comprensivos y a entablar más conversaciones con los niños, evita que el estrés en el entorno perjudique el desarrollo cerebral de los pequeños.
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