Primera fila
Lección gigante
Periodista
El triunfo de los Gigantes en el Super Bowl ante los requetecontraarchifavoritos Patriotas deja enseñanzas obvias en el deporte, pero olvidadas con harta frecuencia: los partidos se ganan en la cancha y no se deben hacer planes con la piel del tigre sin antes cazarlo.
La lógica indicaba que el domingo era la coronación indiscutible de Nueva Inglaterra, pero…
Entre las tantas cosas apasionantes del deporte está la incertidumbre, ese no sé qué capaz de poner todo de cabeza, dejar a los entendidos con un palmo de narices y con el letrerito de ignorantes.
(Por eso no me gusta dar pronósticos: una vez una colega me pidió que le dijera el marcador y los anotadores de un partido. “Si supiera eso jugaría lotería”, fue mi pragmática respuesta).
Así es el deporte, un ámbito de la vida que da campo a la sorpresa y espacio a que dos y dos no sumen cuatro. No es una ciencia exacta y por eso permite que el relato bíblico de la derrota de Goliat ante David se repita una y una y una y otra vez.
Por eso, los Mets fueron campeones de la Serie Mundial de 1969; Estados Unidos le ganó a Inglaterra en 1950; Costa Rica se impuso a Italia en 1984.
Nunca, como el domingo pasado, le encontré sentido a una de esas frases huecas que los futbolistas de este país repiten desde la escuela de futbol: “No hemos ganado nada”.
Al olvido. La temporada de ensueño de los “Pats” quedó como una anécdota: perdieron el juego más importante, el del título: la marca de 18-1 no vale nada.
Tal vez empezaron a perder ese juego dos semanas atrás, cuando se dejaron el cetro de su Conferencia: el festejo fue por todo lo alto, como si hubieran llegado a la meta.
Siempre ese último paso, no sé porqué diablos, cuesta tanto.
Como tampoco sé porqué perdieron los Patriotas, y lo ignoro más allá de que la fiebre de la NFL me da solo en enero (tengo que correr para actualizarme) y esté lejos de ser un experto.
Lo que sé es que ganaron los Gigantes el Super Bowl (y yo una modestísima apuesta).
Ese triunfo me recordó ese grado de incertidumbre –que puede ser mucho más que un error humano– inherente a la actividad deportiva. Entre tantas razones para seguir el deporte, una es la posibilidad de ser testigo de una gran sorpresa.
Sin embargo, esto es indudable, lo bonito es que los sorprendidos sean los adversarios.
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