Costa Rica, Miércoles 30 de enero de 2008

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EDITORIAL

Un mensaje modesto

 En su último “Estado de la Unión”, Bush reflejó las limitaciones de su presidencia

 El gran desafío será concluir su mandato sin que el país entre en una recesión

El “Estado de la Unión” presentado el lunes por el presidente George W. Bush ante la sesión conjunta del Congreso estadounidense siguió un guion fundamentalmente sobrio y modesto, caracterizado por tres líneas esenciales:

kUna concentración en los dos grandes temas que más preocupan a los ciudadanos: el deterioro de la situación económica de Estados Unidos y el curso de la intervención militar en Iraq.

kUna carencia de propuestas novedosas o promesas de amplio espectro.

kUn esfuerzo por resumir, con optimismo, pero, a la vez, moderación, el repertorio de acciones que ha venido realizando su Gobierno.

Fue, por tanto, un típico discurso de fin de ciclo poco glorioso: el último “Estado de la Unión” de su presidencia, coincidente con uno de los procesos preelectorales más indefinidos en la historia reciente del país, con una fuerte baja en su popularidad, con un partido de gobierno debilitado y una oposición reforzada, y con una disminuida capacidad del Ejecutivo para proponer o impulsar nuevos proyectos.

Durante su alocución, Bush discurrió por una gran cantidad de temas. Entre ellos estuvieron, como elementos centrales, la economía e Iraq, pero también se refirió, con variados énfasis, a la salud, la educación, la situación de los programas de apoyo social, la energía, la relación entre ética e investigación científica, la migración, la pobreza, la lucha contra el terrorismo y la importancia de impulsar aún más el comercio internacional.

En este sentido, pidió, explícitamente, la ratificación de los tratados de libre comercio ya negociados con Colombia, Panamá y Corea del Sur, algo que revela uno de los factores más positivos, aunque incompletos, de su administración: el impulso al intercambio comercial.

Su visión de la economía se mantuvo dentro de los confines de sobriedad de su exposición. No era para menos. Porque la situación económica de Estados Unidos se encuentra en el punto más crítico de los últimos años. Al contrario de la contracción momentánea que hubo tras los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001, que tuvo un carácter coyuntural y logró recuperarse con relativa rapidez, los problemas de ahora son de una profundidad mucho mayor.

Bush solicitó apoyo del Congreso para el “paquete” de estímulo económico ya negociado con republicanos y demócratas, y que, esencialmente, pretende inyectar liquidez en la economía, mediante la reducción de impuestos y el apoyo financiero a familias afectadas por la crisis en el sistema hipotecario.

También insistió, acertadamente, en que estas medidas no sean distorsionadas con subsidios específicos para programas o distritos electorales estrechos. Sin embargo, fue sumamente omiso en referirse a la real hondura de la crisis y a la necesidad de medidas estructuralmente más serias. Porque un gran problema de la respuesta aplicada hasta ahora es que podría tener impacto positivo a corto plazo, pero exacerbará, a mediano, tanto el déficit como la inflación.

En el ámbito internacional y, específicamente, Iraq, su abordaje fue optimista. Tuvo razón en un aspecto: la situación de seguridad en el territorio iraquí ha mejorado. Sin embargo, las fuentes de enfrentamiento político y étnico no han disminuido sustancialmente, y los riesgos para la gobernabilidad y la integridad territorial son aún en extremo altos.

Bush, además, eludió la situación en Corea del Norte, resaltó su esperanza sobre la evolución del conflicto israelí-palestino y ratificó su fe en la posibilidad de impulsar la democracia en varias zonas del mundo. Todos son propósitos o tareas que valen la pena. Sin embargo, en esos ámbitos el éxito ha sido muy limitado.

Se trató, en síntesis, de un rendimiento de cuentas típico de una presidencia debilitada, tanto por el fin de su segundo (y último) período, como por el espectro de que concluya en medio de una recesión. Evitar este desenlace económico y dejar bases medianamente sólidas para una salida ordenada de Iraq son los dos grandes desafíos en el año que resta. Es decir, más que una agenda proactiva, un típico control de daños. La modestia del mensaje, sin duda, estuvo justificada.

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