Costa Rica, Miércoles 30 de enero de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

Un partido político democrático puede ser un palacete, una morada, un tugurio, un templo, un laboratorio, un periscopio, un radar, una familia, un manantial, una sinfonía, una charanga… En fin, la casa de la libertad es amplia y generosa, y en ella hay aposentos para todos los gustos e ilusiones.

De esta casa –nueva, vetusta o solariega – unos se van, calladitos o airados, en busca de un nuevo amor, y no vuelven; otros se van y, a hurtadillas, arrepentidos o exultantes, vuelven; algunos se van y, desde fuera, recuerdan la existencia de la moral política y del valor, y denuncian lo que, estando dentro, siempre callaron. Y están todos los demás, pero, por lo dicho, basta. Otro día habrá que publicar la clasificación de los que se van y vuelven por razones “ideológicas”. Los vimos, redivivos, con el TLC.

Mención aparte merecen los que apadrinan el nacimiento de un partido, conquistan una curul y, a los pocos meses, se van, o los van echando… y, de inmediato, tocan las puertas de otro alero. Una especie de promiscuidad política. Otros diputados se van por dignidad. El caso más sonado en los anales de la democracia mundial fue, sin embargo, el de dos diputados, ni pizca de salados, que, mientras uno se iba, el otro venía, y así, en genial relevo, gemelearon las curules con las pensiones.

Todo esto viene a cuento por el retorno a la casa liberacionista de Antonio Álvarez Desanti, tras 39 meses de ausencia, que algunos califican de oportunismo por regresar sin pedir perdón, dadas las graves denuncias formuladas al partir y, además, por entrar a la casa pidiendo, de entrada, una parte de la herencia. La cuestión es bíblica. Cuando el hijo pródigo retornó a casa, despilfarrada su fortuna, su padre corrió a recibirlo con los brazos abiertos, pese al enojo de sus hermanos. El hijo, entre sollozos, exclamó: “Padre, he pecado contra Dios y contra ti”. Vino, luego, tras el perdón, el festín del amor, diferente siempre del de la política.

Epílogo: la cuestión está no en los que se van, sino en los que se quedan, entre estos, la mayoría por devoción o convicción, y algunos por negocio, dueños del partido unos y mercaderes de la política otros, donde han amasado fortunas, alcahueteado Chirripós de corrupción y henchido las cuentas bancarias, sin trabajar, desde las cuales pretenden, por dentro, impartir clases de moral, dar la vida por la patria y defender el orden constitucional…

Así es la vida: un ir y venir, peregrinos, al fin, huéspedes de paso en este mundo, haciendo camino al andar, en espera, unos, de la Tierra prometida, y otros, de la nada.

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