Primera fila
El genio de las 64 casillas
Periodista
Apenas era un niño, cuando la figura de Bobby Fisher me atrapó. Lector sin redención de periódicos, devoraba las notas y crónicas acerca de las partidas entre él y el monarca soviético Boris Spassky por el título mundial de Ajedrez de 1972.
Seguí el día a día las partidas y todos los aspectos extradeportivos de la llamada “partida del siglo”. Para que se dé una idea de la trascendencia: escuché transmisiones ¡por radio! de los juegos.
En 1972, en Reikiavik, la capital de Islandia, se disputó mucho más que un título: era la Guerra Fría en pleno desarrollo, el comunismo y el capitalismo enfrentados en el insólito escenario de un tablero de ajedrez.
Solo la pelea entre Max Schemelling, de Alemania, y Joe Louis, de Estados Unidos, en los años 30 y al borde del horror de los nazis, se compara: a través de un enfrentamiento uno contra uno, el deporte fue el campo de batalla de dos regímenes políticos antagonistas.
Fischer fue díscolo, antipático, ermitaño; mas para odiarlo el problema era su genialidad: a mi modestísimo entender, nadie le hizo sombra jamás.
Aquel 1972, después de hacer lo que se le vino en gana –jugó cuando quiso, ganó cuando quiso– desapareció y abandonó el mundo (título incluido).
Regresó. Tenía razón John Lennon cuando se negaba en redondo a una reunificación de Los Beatles. “Vamos a parecer excombatientes de Vietnam”, decía.
En 1992, Fischer reapareció para jugar una revancha extraoficial contra Spassky: calvo, barrigón y barbudo no tenía nada que ver con el joven de 29 años, rebelde con la pava a lo Bobby Kennedy.
Su temperamento había desmejorado, sus opiniones políticas eran más irritantes, con el agravante de que eran más caóticas. Fue triste verlo de nuevo.
Luego vino su agrio enfrentamiento con el gobierno de Estados Unidos por haber violado el embargo contra la antigua Yugoslavia, sus exabruptos acerca del 11 de setiembre. su captura en Japón y posterior asilo en Islandia, donde el jueves terminó sus días como ciudadano islandés.
Por un momento, le encontré una semejanza a Eufemio Peor –personaje de la novela de Fernando Contreras, Los Peor – quien un día decidió nacer y nació; otro día decidió morir y murió.
Creo que Bobby Fischer se marchó a su manera: le dio la gana morirse el jueves, porque era Bobby Fischer y nadie le iba a decir cuándo partir. ¡Mate!
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