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Mauricio Víquez | canino@racsa.co.cr |
Presbítero
Hace apenas pocas semanas estábamos empezando el tiempo de adviento y, luego de un caminar de casi un mes, estamos llegando a la ansiada meta. Estamos a las puertas de la Navidad, en cuanto tiempo litúrgico fuerte y, a la vez, harto brillante para todo corazón aún ilusionado.
Una época del año civil y del año eclesiástico que, iniciándose por la tarde del día 24 de diciembre, nos introduce en la contemplación de un misterio que los siglos no acaban de degustar y los seres humanos miran siempre con su razón y su fe ya sea para animarse en el camino del buen vivir, crecer y andar optimistas; o bien, para perturbarse profundamente y buscar, como los siglos lo muestran, cualquier vía que haga que esa luz tan inmensamente radiante que se desprende del pesebre de Belén se pueda ver algo opacada.
Sospechas de eternidad. Llega Navidad. Y en el corazón de los seres humanos creyentes y no tanto, nacen –a tono con lo que ocurre en nuestros portales– sentimientos dulces, sospechas de eternidad, intuiciones no previstas y, por supuesto, la necesidad de gestos que reproduzcan la generosidad del Dios que viene, del Señor que se acerca.
Contemplaremos al Dios Niño dentro de poco y le miraremos en medio del pesebre. Sin más compañía que la de sus padres y, como la tradición artística nos lo sugiere, además de la presencia de unas cuantas bestias que habitaban aquel lugar pobre en que se produjo el alumbramiento. Pronto seremos testigos de la adoración de unos cuantos pastores que supieron ver más que los sabios de su época y de la presencia de unos hombres virtuosos venidos de lejos que, entregando sus ofrendas, nos informaron claramente de la identidad de la pequeña criatura que, entre risas y llantos, empezaba su camino y el cumplimiento de su misión redentora.
El pesebre, pobre y algo húmedo, lugar del más grande acontecimiento de la historia, fue el único lugar capaz de acoger a la Sagrada Familia en medio de una bulliciosa noche. Todo parecía en Belén más importante que aquello que ocurría en presencia de tan pocos y tan sencillos testigos. ¡Cuán parecido a nuestros días!
Pastores pobres fueron los únicos capaces de mirar la luz celeste y reconocer las grandezas de Dios en un pequeño niño aquella primera Navidad. ¡Cuán parecido ocurre en nuestro aquí y ahora!
Solo María fue capaz en aquel esencial momento de contemplar. Solo ella escuchaba y callaba para luego pensar en detalle las cosas que se daban en torno a su presencia de joven madre. Solo ella tuvo los ánimos para ir más allá de las apariencias y meditar todo cuidadosamente en su corazón. ¡Cuán parecido ocurre ahora debido a la prisa de la vida de tantos y a la capacidad de contemplación de tan pocos…!
Necesaria reflexión. Efectivamente, llega la Navidad. ¡Que podamos contemplar e ir más allá del bullicio propio de la noche santa que estamos por celebrar!...Vale la pena hacer el intento.
Que el calor de cada hogar que celebra el nacimiento del Redentor, no haga imposible el recuerdo del frío que pervive, aún en Nochebuena, en el corazón de muchos. Que la alegría y el regocijo que desata en el corazón la puesta de la imagen del Dios Niño en el portal de cada hogar y parroquia, no oscurezca el deseo de ser solidarios en todo el año difícil que se acerca.
Y que todos los proyectos que se desean realizar en los doce meses que pronto inauguraremos, nunca dejen puertas afuera a la necesaria reflexión que, sobre el vivir, todos hemos de hacer de vez en cuando para vivir con sentido y de cara al Señor que se hace uno de nosotros para salvarnos.
Si todo esto lo prevemos, no hay duda de que estaremos por vivir todos una verdadera y auténtica Navidad. ¡Felicidades!
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