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Jorge Vargas Cullel | jovargas@nacion.co.cr. |
Politólogo
“¡Feliz Navidad!” “Le deseo lo mejor para el próximo año” ¿Cómo es eso que después de 355 días de serruchar pisos y pasarse por el trasero a los demás, de repente en Navidad todo el mundo, incluyendo a los que zapatearon la cara de otros, desea lo mejor para el prójimo? (Incluso se saluda al que será aplanchado a mediados de enero). ¿Mentimos? ¿Nos convertimos a la bondad por unos días? ¿Somos seres bipolares incapaces tan siquiera de sospechar nuestra doble personalidad? ¿O es que los buenos deseos son propósitos de enmienda que no concretamos debido a la fragilidad de la condición humana?
Pudiera ser que los efluvios de buena voluntad sean una gran mentira. Después de todo, los seres humanos tenemos una capacidad innata para engañar a fin de disfrazar intenciones o protegernos de una amenaza. En nuestro cerebro hay un área denominada el neocortex, que es la que nos proporciona los recuerdos, conocimientos y experiencia. Resulta que hay una fuerte asociación entre el tamaño del neocortex y la capacidad de engañar: cuanto más grande es este área, como en los humanos, más capacidad para fabricar yucas (véase en internet: “Neocortex size predicts deception rate in primates”. 2004. R. Byrne y N. Corp).
Pero la determinación biológica no es una buena hipótesis. Si todos mentimos descaradamente al desear “feliz Navidad”, entonces también sabríamos que los demás nos mienten y así no tendría sentido seguir con la farsa. Un enfoque diferente sería el de la antropóloga. Ella diría que, independientemente de las voluntades individuales, el intercambio de buenos deseos no es más que un rito social. Deseamos felicidad sencillamente porque es una costumbre social o religiosa hacerlo. Puede que sea verdad, pero ello no explica por qué el rito adopta ese contenido y no otro (por ejemplo, matarnos).
Desde un punto de vista filosófico, podría argumentarse que hay un fuerte componente de autoengaño, un mecanismo psicológico mediante el cual la conciencia procura librarse de culpas al justificarse, creyéndose además esa justificación (Herra, R. 2007. “Autoengaño”). Mediante el autoengaño tranquilizamos la conciencia. Así, aunque no necesariamente mentimos cuando deseamos felicidad a los demás, clavamos una pica en Flandes útil para encubrir futuras acciones arteras. Meses después, cuando hundimos el cuchillo, decimos: “Yo ya le deseé lo mejor, él se lo buscó”. No sé cual de las hipótesis será la verdadera (quizá todas tengan algo de cierto); lo que sí sé es que tendríamos un mundo mejor si detrás de los deseos de feliz Navidad y próspero año nuevo que repartimos al por mayor hubiese un par de gramos de generosidad y solidaridad menos efímeros.
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