LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 25 de diciembre de 2008

/OPINIÓN

EDITORIAL

Por la dignidad y el respeto

 La nueva Ley de Tránsito, en estas fechas especiales, significa un regalo para el pueblo de Costa Rica

 El mejor regalo radica, sin embargo, en una aplicación eficaz, sistemática, desde el primer día

Un comentario sobre la nueva Ley de Tránsito, precisamente el 25 de diciembre, festividad de la Navidad, guarda relación con esta fecha. Se trata de un regalo para el pueblo de Costa Rica, esperado por mucho tiempo. Se anuncia su aplicación para borrachos y “picones” en una festividad en que, paradójicamente, se rinde más culto al licor que a Jesús. Y, sobre todo, el fin de esta legislación, como de toda aquella orientada a salvaguardar los valores humanos, es el mismo contenido en el mensaje de la Navidad: el respeto a la dignidad humana.

En cuanto a lo primero, hubo que observar, con dolor y duelo, el espectáculo salvaje de la irresponsabilidad vial, por muchos años, para que el Estado reaccionara. La falta de sanciones o su levedad ridícula fueron el aliciente principal de los accidentes de tránsito. Costó mucho que se entendiera una verdad de Perogrullo: los efectos deletéreos de la impunidad en cualquier sociedad y en toda conducta ilícita. Ni siquiera se tuvo en cuenta lo elemental: el ejemplo de otros países, tan democráticos como el nuestro, donde se ha entendido que la anomia es enemiga declarada de la libertad.

En cuanto al abuso del licor los fines de semana, en los días de asueto o feriados, o bien en las celebraciones sociales o familiares, desde el nacimiento hasta la muerte y más allá, estas desviaciones forman parte de la llamada “cultura del guaro”, una de las patologías más graves que sufre nuestra sociedad, intensificada ahora por el consumo de drogas. Ambos caminos llevan a las tragedias viales. No es necesario repetir las estadísticas. Basta recordar los operativos que, en ciertas festividades religiosas, deportivas o cívicas, se organizan oficialmente para contener o disuadir a los conductores irresponsables. Algo pasa en un país para que, en estas ocasiones, las autoridades tengan que adoptar estas inusuales providencias.

En última instancia, como decíamos, se trata del ser humano y en él de su característica esencial, de alcance universal y absoluto: la dignidad, fundamento de los derechos humanos, razón principal del Estado y de la vida en sociedad. El nacimiento de Jesús, de Dios hecho hombre, de acuerdo con la teología cristiana, significa el reconocimiento supremo del ser humano, de su grandeza intrínseca, de donde el respeto a él, sin excepción, constituye el valor ético fundamental. La democracia, la política, la ley, la convivencia, la libertad, giran alrededor de este eje primario, el respeto, que apela al sentido de responsabilidad.

En fin, dignidad humana, respeto, responsabilidad, sustrato de la legislación y de la acción política, del sistema educativo, del arte de gobernar, de toda actividad humana. El debilitamiento de esta trilogía se palpa en la inseguridad ciudadana, en la corrupción, en la mala gestión pública, en la desnaturalización de la cosa pública, en la guerra no declarada en nuestras carreteras, en la “cultura del guaro”, en la ilegalidad y en otros males que afligen a la democracia y al sistema de libertad. En la nueva Ley de Tránsito, el Estado adquiere, por ello, una gran responsabilidad. Solo su aplicación eficaz, honrada, sistemática, más allá de la celebrada promulgación, logrará reducir uno de los focos principales de inhumanidad en nuestro país. Que sus primeras aplicaciones, en esta fecha, sean anuncio de un esfuerzo sostenido y sin tregua por el respeto a la dignidad de las personas.

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