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Antonio Manzo |
Economista y Consultor Gerencial
¿A quien le duele el hambre y la desnutrición que padecen millones de personas en el mundo, muchos de ellos niños de corta edad?
A juzgar por los resultados que se han logrado hasta ahora, parece que a pocos, mayormente algunos seres compasivos, pero con escaso poder de decisión y limitados recursos. Los líderes de la política y la economía, salvo contadas excepciones, poco o nada han hecho. Qué fácil es hablar de pobreza, desigualdad y hambre, cuando son otros los que las padecen.
Pobreza extrema y hambre de la mano. Las cifras de las Naciones Unidas y el Banco Mundial, son deprimentes al respecto, veamos: En la década de los 90, la ONU estableció como meta para 2015, reducir la pobreza a la mitad. Para aquel entonces el recuento de pobreza extrema rondaba los 1.000 millones de personas. En abril del 2007 el Banco Mundial anunció que por primera vez el número había bajado de los 1.000 millones, situándolo en 986 millones; sin embargo, pocos meses después, basándose en un nuevo método, rectificó la cifra elevándola a casi 1.400 millones, utilizando como referencia un nivel de ingreso equivalente a 1,25 dólares diarios.
Recientemente para mediados de 2008, los precios de los alimentos se incrementaron en un 25%, lo que afectó seriamente la capacidad adquisitiva de las personas de bajos ingresos, con lo cual seguramente el problema empeoró. En septiembre estalla la crisis financiera, que arrastra al mundo a una depresión de consecuencias impredecibles. Con un desempleo creciente, es probable que el problema se agrave. En pocas palabras encontrándonos a 6 años del 2015, está lejos de lograrse la meta de reducción de un 50% de la pobreza aprobada en la ONU, y el hecho cierto es que más del 20% de la población del planeta vive en pobreza extrema, y no menos de un 14% padece hambre
En Costa Rica, aunque el problema no tiene la gravedad que en el sur de Asia, donde vive la mitad de la gente pobre y los niños desnutridos del planeta, se calcula que hay 220.000 familias cuyos ingresos están por debajo de las necesidades básicas, que se estiman en 268.000 colones mensuales para una familia de 4 personas. Para ilustrar esta angustiante situación, La Nación, en su edición del 31 de octubre pasado, mostró el caso de una familia de 6 personas, que vive con un ingreso mensual de 160.000, cuando necesitaría según los estándares, 402.000. El índice de pobreza, aunque bajó en el 2007 al 17%, debido al elevado crecimiento económico y mejora en el empleo, se estima que aumentará en el 2008, y se acercará al 20%, debido al alza de los precios de los alimentos. Además la asistencia social no llega suficientemente a los sectores más pobres, en especial en las zonas rurales. Según el informe Estado de la nación , el plan de nutrición solo atiende al 22% de los niños pobres
Desnutrición. En un informe de Unicef, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia se lee: “La desnutrición común, puede considerarse escandalosa, tanto por su alcance como por su gravedad, cómplice silenciosa de la pobreza, la desnutrición socava el normal desarrollo mental y físico de 1 de cada 3 niños del mundo en desarrollo”. Lo preocupante no es solo la alta proporción, sino el hecho de que los síntomas de la desnutrición por lo general no son visibles. Se sabe, sin embargo, que unos 200 millones de niños menores de 5 años padecen desnutrición crónica y se encuentran atrapados en un círculo de mala salud y desarrollo deficiente.
Además de una alimentación escasa en nutrientes, el problema radica en condiciones de vivienda insalubres, desprovistas de sistemas de agua potable y drenajes, que ocasionan enfermedades como la diarrea, que merman y debilitan el organismo. Las consecuencias son deficiencias en el desarrollo, con síntomas visibles como lentitud de movimientos, falta de energía, que los obliga a permanecer quietos, al contrario de un niño normal, en constante movimiento. Mucho antes de ser visible, la desnutrición aumenta las consecuencias de cualquier enfermedad, y el riesgo de mortalidad se duplica con desnutrición leve y se triplica con desnutrición moderada.
¿Cómo hacer más eficaz el gasto social? Recomendamos que se redefinan los roles de los actores de la atención social, por un lado el Estado en función dirigente, proveedora, ejecutora, tutelar, y por el otro la empresa responsable socialmente, las iglesias y la sociedad civil organizada, como promotoras, ejecutoras complementarias, y administradoras. Eso sí, con buenas organizaciones no gubernamentales (ONG) y organizaciones de participación comunitaria (OPC), bien asesoradas, con apoyo gubernamental, de las empresas, y de organismos internacionales. Ellas están más cerca del problema, son eficaces y logran mejores resultados, con una relación costo beneficio menor; en otras palabras, son eficientes y su rentabilidad social es más alta.
Como ejemplos se pueden citar algunas como Visión Mundial, Aldeas Infantiles, Don Bosco, con años de demostrada capacidad y eficacia, trabajando en áreas pobres, con escasos recursos, en buena parte provenientes de la caridad ciudadana. En servicios educativos instituciones privadas como Don Bosco tienen un costo por alumno inferior en un 25% al de la educación pública, lo que significa que con los mismos recursos, pero canalizándolos a través de instituciones como las nombradas y otras de reconocida eficacia, el Gobierno podría atender más alumnos, mejorar la calidad de la enseñanza y dedicar fondos a programas de capacitación para el trabajo.
El problema fundamental, al que hay que atacar primero es el del hambre y la desnutrición. Contribuyendo a su solución están hoy día los dos hombres más ricos del planeta: Bill Gates y Warren Buffet, quienes hasta ahora han dispuesto de más de 40.000 millones de dólares, para alivio de la pobreza. Gates incluso dejó la jefatura de Microsoft para dedicarse tiempo completo, con su esposa, Melinda, a la fundación que lleva el nombre de ambos. ¿Donde están los empresarios locales dispuestos a emular a estos dos titanes? Que digan: ¡presente! , y de la mano con el Gobierno y la sociedad civil organizada, contribuyan a combatir este flagelo.
El Estado por sí solo no puede resolver el problema de la pobreza; algunos quizá dirán: nadie lo puede resolver. No obstante, ¡seamos optimistas, unámonos, luchemos!, hay millones de niños que nos lo piden con sus caritas hambrientas y desnutridas.
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