LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 21 de diciembre de 2008

/OPINIÓN

Roberto Artavia Loría

La otra mitad

 Sobrevaluamos la labor de políticos y funcionarios

Presidente, Fundación Latinoamérica Posible

Recientemente la Revista Proa presentó los “personajes del año” según el análisis del Grupo Nación. Aunque no concuerdo con todas las selecciones, me gustó ver ahí a personas que ciertamente merecen ser destacadas por la labor que –en algunos casos contra viento y marea– llevan a cabo. Me alegró también ver la alta proporción de mujeres entre los destacados, síntoma de un positivo cambio en nuestra sociedad. El grupo presentado incluye muchos funcionarios públicos y figuras de la política, más unos pocos artistas y atletas.

Me parece una excelente lista de “la mitad” de los personajes que deben ser destacados por su labor o por su “peso mediático” durante el 2008. Digo la mitad, porque tengo la impresión de que una vez más incurrimos en Costa Rica en el grave error de dar demasiada importancia a figuras de la política, el arte y el deporte y al mismo tiempo obviar la importante labor y enormes méritos del sector empresarial –con fines de lucro y sin ellos– así como de científicos y académicos que con su labor impulsan y cambian el proceso de desarrollo.

Mi problema con este tema viene de mucho tiempo atrás. En nuestra cultura sobrevaluamos la labor de los políticos y funcionarios, lo mismo que la de los atletas y artistas –entiendo que esto vende más periódicos y es más atractivo como noticias de TV y radio–, pero damos por garantizada y relativamente poco valiosa la labor de empresarios, líderes sociales, científicos y académicos. Es un error común que incluso cometen quienes miden el desarrollo pues, si se analizan los anuarios estadísticos de organizaciones como el Banco Mundial, las Naciones Unidas y la Cepal, veremos que se habla del desarrollo como una función de la inversión y la gestión pública, y se deja implícita la labor de los empresarios, científicos y académicos.

Grandes empresarios. ¿Cuántos monumentos públicos existen a los grandes empresarios de nuestra historia? Con claras excepciones –Clorito Picado y Franklin Chang–, ¿cuántos científicos o ingenieros creadores de nuevas tecnologías figuran en nuestros libros de historia? ¿Cuántas páginas y horas de emisión se dedican a la empresa privada o a la organización de la sociedad civil en comparación con temas de “la farándula” o del futbol? ¿Cómo se destaca en las estadísticas nacionales la labor de la empresa privada o el impacto de la sociedad civil en el desarrollo?

Estamos creando una cultura en la que los jóvenes terminan por interpretar –pues ese es el mensaje que ponemos ante sus sentidos– que su futuro está en la función pública y en aspiraciones artísticas o deportivas más que en el trabajo científico, productivo o de emprendedurismo social. Esto es ciertamente un problema serio. En el mundo moderno el sector privado con y sin fines de lucro representa la mayor proporción del proceso de desarrollo.

La prosperidad, representada por un ambiente de crecimiento en inversión y empleo productivo, comercio de todos los niveles, valor agregado por medio de conocimiento y tecnología, innovación constante en productos y procesos, impulso a la ecoeficiencia y nuevos impulsos al contrato social y a la sostenibilidad ambiental, resulta de la participación activa de empresarios productivos, sociales y ambientales en el proceso de desarrollo. Mandarle a nuestros jóvenes el mensaje de que todos los personajes importantes de la vida nacional son de la política, las artes y los deportes constituye un mensaje peligroso por incompleto, además de un claro error en interpretar lo que realmente ocurre en el país y en el mundo.

¿Calificación justa? Hace años, cuando Dustin Hoffman aceptó participar por primera vez en la entrega de los Oscar, en su discurso de aceptación dijo que no había participado antes pues para él estaba claro que los jueces no podían decir que él fuera el mejor actor si no habían evaluado todas las películas y documentales, sino solamente aquellas que habían tenido los recursos para promocionarse a un nivel que las hacía altamente visibles para ellos. Algo así ocurre con los personajes del año. Cuando la cobertura de la política y la función pública, las artes y los deportes supera en muchos órdenes de magnitud la que se le da a innovaciones empresariales, científicas, tecnológicas, sociales y ambientales, ¿será posible calificar de manera justa a los personajes del año?

La respuesta es claramente que no. Por ese motivo, precisamente, creo que aún falta mencionar –cuando menos– la mitad de los personajes del año; aquellos que por medio de su labor han creado valor productivo, social, ambiental o tecnológico para nuestro país y nuestra sociedad.

La empresa privada por medio de premios y reconocimientos, y algunos medios a través de la concesión de espacios procuran lograr mejoras en este sentido –por ejemplo “Los 40 menores de 40” que publica cada año El Financiero , la sección Aldea Global en La Nación , o los perfiles que publica en Página 2 La República –; sin embargo, el desproporcionado uso de espacios públicos y en los medios terminan por sesgar la atención a favor de políticos, atletas y artistas.

Ya es hora que empecemos a reconocer como se lo merecen a “la otra mitad” de nuestros líderes destacables. Aquellos empresarios, líderes sociales, científicos y académicos que con su labor de cada día crean mayor prosperidad, mejores oportunidades y una creciente sostenibilidad en el proceso de desarrollo del país, como lo han venido haciendo año tras año y década tras década, sin que por el momento –con valiosas excepciones– se destaque su ejemplo para nuestra juventud y sus aportes al desarrollo a través de cobertura de medios, de homenajes y monumentos a la altura y en la magnitud de los que existen para atletas, artistas y políticos.

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