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Costa Rica, Martes 9 de diciembre de 2008

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Jorge Guardia | jguardia@nacion.com

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abogado-economista

Tres temas gruesos reverberan en mi mente: Obama, Detroit y la Constituyente. Los tres ameritan un comentario, aunque sea tangencial. Trataré de punzar los tres a la vez, sin perjuicio de poder ampliarlos un poco en ‘Liberalidades económicas’, el nuevo blog de La Nación .

A Obama hay que prestarle atención. Es persuasivo, tiene poder de convocatoria y está flotando en una nube de popularidad. Difícilmente le dirán que no. Cuenta con el apoyo de todos los keynesianos cuya consigna es no cuestionarle nada. Pero los liberales (especie en extinción) tememos que sus políticas expansivas y ajenas al libre comercio puedan afectar al mundo entero.

Con Obama no hay miseria. En declaraciones al Financial Times aseveró estar dispuesto a ignorar el déficit fiscal para financiar con largueza la recuperación. Además de los recursos ya asignados por Bush prometió duplicar los planes de salvataje y realizar la mayor inversión pública de los últimos 50 años. Si no sube los impuestos ni retira pronto las tropas de Iraq, el déficit fiscal será inmenso. Y, junto a las tasas de interés que seguirán muy bajas, presionará eventualmente la inflación y creará otra burbuja. Luego, la exportará al resto del mundo…

Lo que sucede en Detroit es otro ejemplo de interferencia política en la economía. El populismo demócrata llevó a los sindicatos de las grandes compañías de autos a acumular privilegios muy costosos, en detrimento de su competitividad. Y, aunado a bajas inversiones en tecnología y diseño, y la tendencia a crear autos de tamaño descomunal, los llevaron al despeñadero. La crisis financiera les dio el golpe de gracia. Los ejecutivos (tan vivos) llegaron en jet privado a exigir $34.000 millones para subsistir. Los republicanos se opusieron. Exigen adelgazar privilegios sindicales y reestructurar la industria para mejorar su competitividad. Pero los demócratas piden autos verdes, políticamente correctos, aunque no puedan competir…

De Detroit volamos (en clase económica) a Zapote para aterrizar directamente en la Constituyente. ¿Qué suerte la espera? Aciaga. La adversan con igual intensidad grupos de derecha e izquierda cuyo único denominador común es la desconfianza en el adversario. La derecha teme perder las garantías individuales (ya menguadas por la Sala Constitucional) y la izquierda languidece por preservar las garantías sociales. Quien piense que la discusión sería eminentemente técnica, sin involucrar las ideologías insertas –o por insertar– en la Constitución, no conoce a los ticos. La lucha sería descarnada, mucho más intensa que con el TLC. ¿Podrá tener cabida en un año electoral? ¡Olvídense!

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