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Costa Rica, Martes 9 de diciembre de 2008

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Página Quince

Velia Govaere

El derecho de soñar

 ¡Que se despierte nuestra alma colectiva para construir juntos una utopía posible!

Abogada

Hay momentos en los que la humanidad puede sentir orgullo de sí misma. La elección de Obama en los Estados Unidos es uno de ellos. Al hacerlo presidente, esa gran nación pudo probar que tiene capacidad para rescatar su propia alma. Ya Johnson lo había advertido en 1965: “Podemos derrotar a todos nuestros enemigos, podemos duplicar nuestra riqueza y podemos hasta llegar a conquistar las estrellas, aun así, si seguimos siendo una sociedad incapaz de igualdad, habremos fracasado como nación y como pueblo”.

Ese mismo año, cuando la Ley de Derechos Civiles aseguró el voto para toda la población negra, Barack Obama tenía apenas cuatro años, pero ya tenía abierta la ruta de un acontecimiento que jamás creímos llegaría tan pronto y de forma tan contundente.

Pensamiento y sentimiento. Los candidatos demócratas, hasta ahora perdedores –incluyendo a mi admirada Hillary– se habían concentrado en convencer fría y calculadoramente, apelando a la razón. El camino de la victoria, antes de su marido y ahora de Obama, se construyó, en cambio, seduciendo a los electores, al hablarles al corazón. En un momento en que todas las teorías se desplomaban en Wall Street y la angustia de la incertidumbre sacudía los hogares, el voto norteamericano fue puesto en Obama porque había enseñado que además de pensar, sabía sentir.

Se podrían sumar las listas de misiones imposibles que la humanidad entera espera que Obama resuelva. Las económicas son apabullantes, las de política exterior, no menos urgentes y complejas y, a nivel interno, seguridad social, empleo, vivienda, igualdad de oportunidades y educación esperan de su mandato auténticas epopeyas. ¿Dónde comenzar?

Antes de hacer una lista de prioridades, Obama decidió, como primer paso, tenderle la mano a Mc Cain, su rival republicano. ¡Sabia decisión! Nada grande se puede lograr sin reconciliar el país con un gran proyecto de nación.

A Costa Rica la sorprenden los vendavales del descalabro económico, rodeada por la crisis de identidad de sus vecinos del norte. Nuestra lista de problemas también es larga y nuestra paciencia ya es muy corta. Nos definimos no como un pueblo cansado, sino harto de inseguridad ciudadana, de fragmentación política legislativa, de ineficiencia institucional y de inequidad. La crisis lo hace todo más difícil. Ya sentimos los primeros coletazos de turistas que no llegan, exportaciones que no se realizan, inversiones que se van, créditos que no se otorgan, proyectos que no arrancan, empleos que se pierden y no se encuentran, pobreza que se levanta. ¿Dónde comenzar?

En el partido de más viejo arraigo se abrieron los fuegos. En sus primarias se perfilarán, como en Estados Unidos, propuestas de futuro. Algunos precandidatos abordarán problema por problema, en un orden lógico y racional. Otros darán prioridad a lo que impresione a los electores o buscarán, gatopardistas, la fórmula perfecta para hacer maravillas sin cambiar nada.

Será triste, sin embargo, que se compita por nuestro voto como mejores administradores de nuestras deficiencias. Hay mil razones para ser prudentes, para no ser excesivamente ambiciosos, para ser realistas y muy racionales. Tal vez tengan razón, pero nos dejan fríos, y eso es muy peligroso.

Razones que seduzcan. En la acera de enfrente no vacilarán en regalarnos cantos de sirena, melodías de flautas populistas y retornos idílicos a pasados ilusorios. ¿Podrá una lista seca de raciocinios enfrentar semejante embrujo? ¡No tengamos miedo! ¿No es acaso posible encontrar también razones que seduzcan?

Igual que en Estados Unidos, Costa Rica debe atreverse a rescatar su alma igualitaria, incluyente y participativa. No hay lista de problemas ni prioridades que valgan si no somos capaces de recuperar un proyecto compartido de país. La magia que necesitamos es aquella que nos restaure la fe en cosas grandes, más allá de proyectitos locales con los que se compran y venden votos en la Asamblea Legislativa.

En el referendo se esgrimieron buenas y malas razones y ninguna conquistó los corazones. Razonables y mejores propuestas lograron que don Óscar apenas pudiera ganar las elecciones. Su gobierno, de lejos el mejor que Costa Rica ha tenido en mucho, mucho tiempo, no encuentra razones que alcancen para todos. Falta, en todos los casos, una comunicación con mayor inteligencia emocional.

¡La imaginación al poder! Gobernar es mucho más que administrar. Necesitamos que nos convenzan, pero también que nos inspiren porque somos mucho más que la suma de nuestros problemas. ¡Que se despierte nuestra alma colectiva para construir juntos una utopía posible! Tenemos derecho de soñar.

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