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Hugo Mora | miaumiau1@ice.co.cr |
Profesor universitario
El 1.º de diciembre debería ser un día especialísimo en la historia del país: se cumplieron 60 años desde que don José Figueres Ferrer, con aquel mazazo simbólico contra un muro del cuartel Bella Vista, eliminó el Ejército como institución permanente y dedicó el edificio a su actual condición de Museo Nacional. Acto que encontró luego su concreción jurídica en la aún vigente Constitución Política de 1949.
Ya en enero de 1949, don Pepe pronunció estas palabras señeras : “Las victorias militares por sí valen poco. Lo que sobre ellas se construye es lo que importa”. Hay muchas maneras de reflexionar sobre estas palabras, sobre lo que realmente se construyó y se ha dejado de construir; pero los límites de este artículo obligan a hablar brevemente sólo sobre una consecuencia negativa de dicha decisión.
Función socializadora. Es indudable que, se lo propusiera o no, y aparte de todas sus deficiencias y malformaciones, el Ejército cumplía una función socializadora nada despreciable entre los jóvenes: los extraía de distintos medios sociales en toda la geografía del país, les enseñaba cierta disciplina de la que a menudo carecían, les señalaba metas comunes teóricamente dirigidas hacia su propio beneficio y el de toda la comunidad, les insuflaba un cierto respeto y cariño por lo nacional, les hacía sentirse útiles y, sin duda, los tenía ocupados en algo que daba algún sentido a sus vidas.
Hoy, en cambio, como sabemos, son numerosos los jóvenes que desertan muy pronto del sistema educativo, el otro gran instrumento socializador. Otros más permanecen en él, pero lo hacen a desgana y, aun graduados, dan la impresión de seguir tan inmaduros y desorientados como cuando ingresaron. Numerosos son también los hogares donde, con la pérdida del principio de autoridad, ha desaparecido también toda responsabilidad sobre la formación moral de los hijos.
Aparte de que son escasos y mal remunerados los empleos para quienes carecen de las destrezas, la disciplina y la formación moral necesarias para integrarse al mundo del trabajo, las tentaciones consumistas del mundo moderno acaban por atraer a estos jóvenes hacia la vida fácil. Resultado: egoísmo, vagancia, excesiva vida nocturna, espíritu fiestero, ánimo “piquetero”, drogas, violencia y delincuencia.
Servicio social. Conclusión: el país requiere un servicio social obligatorio para jóvenes de uno y otro sexo que acabe con tanta flojedad, y que esté bien estructurado, con objetivos claros, atendido por profesionales con la debida preparación, bien financiado, diverso según las necesidades y capacidades propias de la población juvenil, con los debidos controles y mecanismos para su evaluación permanente, etc. Es seguro que en otros países existen experiencias aprovechables, y hasta es previsible el interés de algunos países amigos y organizaciones internacionales para apoyar una experiencia así, sobre todo por tratarse de un país desarmado como el nuestro.
Su puesta en práctica deberá ser cuidadosa: nada de reformas estruendosas y generalizadas a toda la población. Se ha de ser prudente a la luz de reformas anteriormente fracasadas por exceso de optimismo: buena planificación y aplicación gradual mediante planes piloto, considerando las diversas situaciones. Y, en líneas generales, un servicio real a las comunidades, no proyectos improvisados y por salir del paso.
Por poner algunos ejemplos: ancianos abandonados que viven solos, sin nadie que les haga compañía ni mandados; enfermos que nadie atiende ni visita; niños que quedan solos mientras sus padres trabajan; vecindarios sucios por desinterés o falta de educación de sus moradores; jardines descuidados; arbolitos faltos de cuidado y expuestos al vandalismo, etc. No necesariamente deben ser cosas complicadas (aunque pueden serlo), pero sí con el potencial necesario para insertar a los jóvenes positivamente en sus comunidades e inspirar en ellos valores altruistas muy necesarios.
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