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Costa Rica, Miércoles 3 de diciembre de 2008

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Buenos Días

Víctor Hugo Murillo | vhmurillo@nacion.com

Adiós al Ejército

Jefe de Información

Para los costarricenses, sobre todo aquellos nacidos después de la guerra civil de 1948, vivir sin Ejército posiblemente es una realidad tan cotidiana que, por ello, tiende a pasarse por alto.

La abolición del cuerpo castrense como institución permanente –decidida por la Junta Fundadora de la Segunda República, hace 60 años– tiene una trascendencia que se agiganta con el paso del tiempo.

Esa medida, fundada en la inutilidad de la guerra como instrumento para solucionar conflictos, confirmó la confianza del país en el Derecho Internacional y la negociación.

Para entonces, las cuestiones de límites con Nicaragua y Panamá se habían resuelto por medio de esas últimas vías.

Además, la guerra contra Walker y su gavilla había demostrado el carácter excepcional y singular del recurso a las armas. No era necesario el Ejército como órgano permanente.

De paso, la Junta también liquidó una fuente de gasto que no retribuía nada al Estado.

Empero, la adopción de una determinación tan importante requiere tiempo para afianzarse y para que gobernantes y gobernados la entiendan y apliquen en todo su sentido.

Los acontecimientos bélicos de diciembre de 1948 y de 1955 –cuando fuerzas opositoras a Don Pepe Figueres invadieron el país– pudieron tentar a algunos a revivir al finado.

Dichosamente, la tensión política interna mermó a partir de la presidencia de don Mario Echandi y la institucionalidad plasmada en la Constitución de 1949 se fue afianzando,

Sin embargo, eliminar los resabios militares no ha sido tarea fácil, y en las décadas posteriores a 1948 a menudo han persistido la confusión y la contradicción respecto al carácter civil de la Fuerza Pública.

De allí que hubo firmas de convenios de asistencia que no necesariamente respondían a aquella característica. Inclusive, a principios de los años 80 –con Centroamérica en llamas– nuestra Policía recibió adiestramiento militar por parte de instructores estadounidenses en la base de Murciélago, Guanacaste.

A 60 años de aquel histórico decreto, los costarricenses debemos comprender que la proscripción del Ejército ha sido, más que un hecho en sí, un proceso.

Sin milicos, este pueblo no dirime sus diferencias en los cuarteles, sino en el sistema judicial, en el Congreso y en las urnas.

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