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Rodolfo Cerdas |
politólogo
La apertura y cierre maravillosos de las Olimpiadas, el complejo conflicto en Georgia, el dinero errante de Taiwán y del BCIE, etc., tal vez ayudaron a que el repudio político, moral y social contra Daniel Ortega no tuviera aquí la atención merecida.
Zoila América, su víctima, lo sería de un triple abuso: primero, sexual y emocional de su padrastro; luego, de su propia madre que cambió su deberes naturales por poder, figuración y riqueza; y tercero, de la bastardía judicial nacida del pacto Ortega-Alemán, que le negó un juicio justo.
Es admirable la firmeza de la Ministra paraguaya que amenazó con renunciar si Ortega se atrevía a llegar a la toma de posesión del presidente Lugo. Esto disuadió al pequeño déspota de asomarse siquiera al Paraguay. Y la renuncia de la Ministra hondureña en protesta por la visita de Ortega para la adhesión de Honduras al ALBA, si bien no lo detuvo, sí mostró el valor, la dignidad y el coraje de las mujeres del continente ante la infamia del abusador.
Las organizaciones femeninas de Costa Rica, que tantas batallas han sabido dar; que tienen una masa crítica intelectual como hay muy pocas en la región; que se han mostrado sensibles y solidarias en la lucha contra la maldad del machismo, no deben quedar al margen de este gran movimiento que reclama verdad y justicia. Es un combate contra el poder político pervertido, el cinismo institucionalizado y, sobre todo, contra las complicidades del patriarcalismo, puestas de manifiesto en una de sus peores expresiones, pues arrastra consigo hasta la de la propia madre de la víctima y la negativa a un juicio justo, nacida del pacto Ortega-Alemán.
Quizá haya algún grupo que no quiera saber, sentir ni oír; cuyo supuesto “progresismo” lo obligue a callar infamias como esta; al que no le hayan hecho mella ni la piñata, ni el pacto Ortega-Alemán, ni el enriquecimiento ilícito de los líderes, ni la denuncia por abuso sexual del padrastro-presidente; ni el silencio cómplice de la madre; y, menos aún, la denegación de justicia por los tribunales. Pero gentes así son las que han nutrido la silente complicidad hasta con los genocidios.
El movimiento femenino nacional es otra cosa y debe hacerse presente en esta lucha, con pronunciamientos firmes y claros contra el crimen cometido, que lacera el corazón de América. Debe sumarse al creciente movimiento internacional que acompaña hoy a Zoila América y hacer llegar su voz a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para exigir la justicia que la corrupción política, el patriarcalismo infame y el oportunismo social insisten en negarle a esta víctima en su propia patria.
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