LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 28 de agosto de 2008

/OPINIÓN

José Daniel Rodríguez A.

Un duro camino

 A diferencia de lo que ocurre con el turista, el inmigrante no lo es por gusto propio

Politólogo

En días pasados tuve la oportunidad de disfrutar la película de producción nacional El camino , que muestra la travesía de dos niños que viajan ilegalmente a Costa Rica en busca de su madre. Una historia cotidiana para muchos, una apuesta de vida para otros y una triste e ineludible realidad para todos.

En un país de destino de inmigrantes, pero preocupantemente también poco tolerante, como Costa Rica, debemos comenzar a comprender verdaderamente la situación de los inmigrantes económicos para así interpretar sus motivaciones, advertir por qué los tenemos con nosotros, así como cuáles son sus expectativas de vida, que quizá son distintas a las suyas o a las mías, y hemos de reflexionar a conciencia sobre ello, más que como costarricenses, como seres humanos.

A diferencia del turista, el inmigrante no lo es por gusto propio. El inmigrante es el resultado de circunstancias difíciles en su país de origen. Factores económicos, sociales o políticos se conjugan de forma tal, que hacen muy difícil la vida, o inclusive insostenible, y muchas veces presentan la migración como un asunto de supervivencia, la única opción.

Por lo general, en el país de destino, en especial Costa Rica, solo se identifica al inmigrante de carácter económico como el otro, el que habla distinto, quien viene a vivir del país, un chivo expiatorio y, debido a los actos de algunos, el maleante y la causa de todos nuestros problemas.

No solamente tales valoraciones son generalizaciones injustas e irresponsables, sino que hasta en las apreciaciones moderadas no nos percatamos de las circunstancias detrás de la persona, ese ser humano que deja todo, su patria, amigos, su casa, hijos, esposos y esposas, padres, en fin, su vida, con el objetivo de iniciar otra totalmente distinta en un lugar extraño y sin seguridad ni garantías de ningún tipo, al mismo tiempo que todo ese contexto se ve reducido a estereotipos y prejuicios que se convierten inmediatamente en otra carga más sobre sus espaldas.

Es hora de proponernos ver al inmigrante como ese ser humano con complejidades, con un duro pasado y con un futuro incierto que, en su gran mayoría, viene a colaborar con la sociedad a la que procura integrarse, y posteriormente hacerse de una vida digna. La tolerancia es un valor difícil, mas no imposible; tenemos que recapacitar que nadie tiene algo seguro en este mundo y que, al igual que los niños de tan extraordinaria película, nos puede estar esperando en nuestro futuro un camino muy duro hacia otro país.

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