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Agustín Ureña Álvarez |
Profesor Universitario
Este 21 de agosto se cumplen 4 décadas del intento soviético de suprimir a los checoslovacos. A diferencia de la matanza en Hungría 12 años antes, esa vez los totalitarios se cuidaron de no hacer de Praga un altar de la libertad, porque los soviéticos habían aprendido en Budapest que, aunque se mata al hombre, se inmortaliza al Hombre, que siempre sale avante en estos forcejeos entre la libertad y la tiranía.
Solo han pasado 40 años, y el mundo es otro. El otrora invasor ya ni siquiera existe, excelente advertencia para los aprendices de tirano –sobre lo efímero del poder– como lo es también la existencia del nuevo Tribunal Penal Internacional en La Haya. Los “Breznev” de la época no tuvieron esa amenaza. Ahora sí tenemos con qué perseguirlos implacablemente hasta el fin del mundo, por delitos espeluznantes, pero dichosamente imprescriptibles.
Aprendizaje. ¿Qué aprendimos de Praga? Lo que ya sabíamos: que los molinos del Señor muelen lento, pero fino. Todo intento de doblegar el espíritu humano es tan estéril como estúpido. Los nazis no pudieron con los judíos, ni los soviéticos con húngaros o checos. Debieron aprender del fracaso de los ingleses contra Gandhi, y echar para su saco.
Sin embargo, en su matrimonio frustrado con el poder legítimo, los soviéticos trataron el asunto como solo un militar sabe: a lo bestia. Paradójicamente, en su propia casa no pudieron doblegar a Sakarov; y Solzhenitzin acaba de morir en paz, mucho tiempo después de la autodisolución de esa fingida “Unión de Repúblicas”, farsa federal en la cual el Kremlin lo único que hizo fue cambiar de tirano: un Zar por un Secretario General, y una aristocracia por la “nomenklatura ” del Partido. ¿Y la dictadura del proletariado? Muy mal, gracias.
Recordemos a Praga porque pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. En actos de verdadera desmemoria histórica, la humanidad vuelve a caer sucumbida y deslumbrada ante los Mugabes y Chávez, nuevos Mesías surgidos precisamente al calor del olvido histórico.
La tentación totalitaria se mantiene vigente, porque el poder tiene un “no se qué ” que lo hace tan sensual, embrujador e irresistible para aquellos que padecen delirios de grandeza. Algunos Narcisos se autoveneran (ellos solo se hacen daño a sí mismos); otros dan golpes de Estado, emprenden limpiezas étnicas y arrastran a la colectividad a la hecatombe, con lo cual su problema personal se convierte en crisis nacional y humana. Esos son los peligrosos, que tenemos que controlar. Llámese el Partido, el Presidente o sus amigos, en cualquier momento y lugar resurgen brotes de actos ilegítimos para hacerse con el poder a la brava, ya sea con invasiones y tanques, golpes de Estado o fraudes electorales.
No olvidar. Hay que recordar el Holocausto, Hungría, Praga, Tlatelolco y Tian Amen, no por morbo o masoquismo, y menos aún para llenarnos de rencores, sino para asegurarnos de que nunca se repitan.
No olvidemos, para que el término “genocidio” se convierta en un recuerdo jurásico, un arcaísmo que se refiera a trágicos tiempos idos, que solo pueda ser explicado como una aberrante curiosidad de la destructividad humana, en una clase de “psicología arqueológica” o de historia del terror.
Las masacres de Sbrenica y Ruanda le dan al genocidio una vergonzosa actualidad. Que estos aniversarios –como el de la invasión a Checoslovaquia– sean precisamente eso: solo malos recuerdos, que nos mantengan vigilantes para detectar y detener a tiempo, cualquier amenaza totalitaria.
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