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Richard C. Holbrooke Ronald D. Asmus | Copyright: Project Syndicate, 2008 www.project-syndicate.org Traducción de Claudia Martínez@nacion.com |
Richard Holbrooke, embajador norteamericano ante las Naciones Unidas durante la administración Clinton, escribe una columna mensual para ‘The Washington Post’. Ronald D. Asmus , subsecretario de Estado adjunto en la administración Clinton, es director ejecutivo del Transatlantic Center of the German Marshall Fund of the United States, con sede en Bruselas.
NUEVA YORK– Durante semanas y años, ambos sostuvimos que Rusia estaba persiguiendo una política de cambio de régimen hacia Georgia y su presidente elegido democráticamente, el pro-occidental Mijail Saakashvili. Predijimos que, a falta de una participación diplomática occidental fuerte y unificada, la guerra era inminente.
Ahora, trágicamente, una escalada de violencia en Osetia del Sur culminó en una invasión a gran escala de Georgia por parte de Rusia. Occidente, especialmente Estados Unidos, podría haber impedido esta guerra. Se avecina un momento de fractura en las relaciones post-Guerra Fría de Occidente con Rusia.
Exactamente qué fue lo que sucedió en Osetia del Sur la semana pasada no resulta claro. Cada lado ofrecerá su propia versión. Pero sabemos, sin duda, que Georgia respondió a repetidos ataques provocadores por parte de los separatistas de Osetia del Sur controlados y financiados por el Kremlin. Esta no es una guerra que Georgia quería; creía que lentamente estaba ganando terreno en Osetia del Sur a través de una estrategia de poder blando.
No importa los errores que haya cometido el gobierno de Georgia, no justifican las acciones de Rusia. El Kremlin invadió a un vecino, un acto ilegal de agresión que viola la Carta de las Naciones Unidas y los principios fundamentales de cooperación y seguridad en Europa.
Georgia, el objetivo. Iniciar una guerra bien planeada (con ataques cibernéticos incluidos) cuando se inauguraban los Juegos Olímpicos viola la antigua tradición de una tregua en el conflicto durante los Juegos. El deseo de Rusia de crear una zona de guerra a 40 kilómetros de la ciudad de Sochi en el mar Negro, donde se llevarán a cabo los Juegos de Invierno de 2014, precisamente no demuestra su compromiso con los ideales olímpicos. Por el contrario, el momento que eligió Rusia sugiere que Vladimir Putin intenta derrocar a Saakashvili mucho antes de las elecciones norteamericanas, y así evitar iniciar relaciones con el próximo presidente en un tono abiertamente confrontacional.
El objetivo de Rusia no es simplemente, como dice, restablecer el status quo en Osetia del Sur. Quiere un cambio de régimen en Georgia. Abrió un segundo frente en el otro territorio georgiano en disputa, Abjazia, apenas al sur de Sochi. Pero su gran objetivo es reemplazar a Saakashvili -un hombre al que Putin desprecia- con un presidente más sometido a la influencia del Kremlin.
Como señaló el sábado el ministro de Relaciones Exteriores sueco, Carl Bildt, el motivo principal de Moscú para proceder a una invasión tiene paralelismos con los capítulos más oscuros de la historia de Europa. Después de haber emitido pasaportes para decenas de miles de residentes de Abjazia y Osetia del Sur, Moscú ahora dice que debe intervenir para protegerlos -una táctica que recuerda a otra utilizada por la Alemania nazi a comienzos de la Segunda Guerra Mundial.
El fin de una era. Rusia busca hacer retroceder los avances democráticos en sus fronteras, destruir toda posibilidad de una ampliación de la OTAN y la UE y restablecer una esfera de hegemonía sobre sus vecinos. Al intentar destruir una Georgia democrática y prooccidental, Moscú está enviando el mensaje de que, en la parte del mundo que ocupa, estar cerca de Estados Unidos y Occidente no sirve de nada.
Este momento bien podría marcar el fin de una era en Europa, durante la cual se suponía que la realpolitik y las esferas de influencia habían sido reemplazadas por normas de cooperación y el derecho de un país a elegir su propio camino. Las esperanzas de una Rusia más liberal bajo la presidencia de Dmitry Medvedev tendrán que volver a examinarse. Su justificación de esta invasión lo acerca más a Brezhnev que a Gorbachov. Si bien nadie quiere un retorno al estilo de confrontación de la Guerra Fría, el comportamiento de Rusia plantea un desafío directo al orden europeo e internacional.
¿Qué puede hacer Occidente? Primero, Georgia merece la solidaridad y el apoyo de Occidente. Occidente debe lograr que se interrumpa el conflicto y preservar la integridad territorial de Georgia dentro de su actual frontera internacional. Tan pronto como cesen las hostilidades, debería haber un esfuerzo transatlántico importante y coordenado para ayudar en la reconstrucción y recuperación de Tbilisi.
Segundo, no deberíamos suponer que Rusia es un promulgador neutral de la paz en los conflictos en sus fronteras. Rusia es parte del problema, no la solución. Durante mucho tiempo, Moscú utilizó los mandatos internacionales existentes para perseguir políticas neo-imperiales. Occidente debe repudiar estos mandatos e insistir en que medien fuerzas internacionales verdaderamente neutrales, bajo supervisión de las Naciones Unidas, que controlen un futuro alto el fuego.
Tercero, Occidente necesita contrarrestar la presión rusa sobre sus vecinos, especialmente Ucrania –muy probablemente el próximo blanco en los esfuerzos de Moscú por crear una nueva esfera de hegemonía–. Estados Unidos y la Unión Europea deben dejar en claro que Ucrania y Georgia no estarán condenadas a algún tipo de zona gris.
Unidad transatlántica. Finalmente, Estados Unidos y la UE deben dejar en claro que este tipo de agresión afectará las relaciones y la posición de Rusia en Occidente. Si bien una intervención militar occidental en Georgia está descartada –y nadie quiere una versión siglo XXI de la Guerra Fría–, las acciones de Rusia no pueden ser ignoradas. Existe una vasta gama de zonas políticas y económicas, entre otras, en las que el rol y la posición de Rusia tendrán que ser reexaminados. También se debe poner sobre aviso al Kremlin de que su propio proyecto de prestigio –las Olimpíadas de Sochi– se verá afectado por su comportamiento.
La débil diplomacia occidental y la falta de una unidad transatlántica no lograron impedir una guerra evitable. Solo una fuerte unidad transatlántica puede frenar esta guerra y empezar a reparar el enorme daño causado. Si no, podemos sumar una cuestión más a la creciente lista de fracasos de la administración Bush en materia de política exterior.
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