EDITORIAL |
Al fin, después de 61 años de control por parte del partido Colorado, 35 de los cuales correspondieron a la regresiva y sangrienta dictadura del general Alfredo Stroessner, Paraguay cuenta con un presidente que procede de otra formación política y que ha fijado como uno de los objetivos centrales de su gobierno luchar contra el agudo clientelismo, la corrupción sistémica, las profundas injusticias y la extendida pobreza que afectan al país.
Con ese discurso, Fernando Lugo, de 57 años, y quien por diez fue obispo de San Pedro, una de las regiones paraguayas más marginales, ganó las elecciones del pasado 20 de abril con el 42% de los votos y tomó posesión el pasado viernes, ya convertido en laico. Su base política es la Alianza Patriótica para el Cambio (APC), una heterogénea coalición de la que forman parte desde grupúsculos de extrema izquierda marxista hasta el consolidado e histórico Partido Liberal, de centro. Desde ella, deberá afrontar una serie de desafíos de enorme envergadura, en medio de grandes expectativas de la población, dadas las múltiples promesas que formuló durante su campaña, pero que desde entonces ha tratado de moderar.
Con casi siete millones de habitantes, en un territorio ocho veces más grande que Costa Rica, Paraguay es uno de los países más pobres, atrasados e institucionalmente débiles del hemisferio. Se estima que poco menos de un 40% de la población vive en estado de pobreza y el 20%, en pobreza extrema. Las desigualdades sociales son profundas, a pesar de que, como cuarto exportador mundial de soya, ha recibido sustanciales ingresos en los últimos años, y en el pasado tuvo un crecimiento económico cercano al 7%; esto ha impactado muy poco en las condiciones de vida de la población. Además, el Partido Colorado ha penetrado a tal punto todas las instancias del Estado, que la burocracia es, más que un cuerpo medianamente técnico de servidores, un regimiento de leales afiliados.
Todo lo anterior indica que la necesidad de cambio profundo es urgente. Sin embargo, para que resulte eficaz, el presidente Lugo deberá ser sumamente cuidadoso.
En primer lugar, deberá coordinar un gobierno tan diverso como su coalición, y se verá obligado a intensas negociaciones con el Poder Legislativo, donde la APC carece de mayoría y los colorados mantienen grandes cuotas de poder. Así, desarrollar una razonable gobernabilidad y mantener la estabilidad de su Gobierno será una tarea, sin la cual el resto de la difícil agenda nacional será muy difícil abordarla.
También deberá definir, más temprano que tarde, la naturaleza de su orientación político-económica. Por un lado, Lugo ha coqueteado con sus colegas Hugo Chávez (Venezuela), Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia) y Daniel Ortega (Nicaragua), el cuarteto presidencial latinoamericano de carácter más populista. Por otro, ha expresado su admiración porLula da Silva y Michelle Bachelet, los impecables presidentes socialdemócratas brasileño y chileno, y ha nombrado como conductor de la economía a un profesional respetado y moderado.
Si a esto añadimos que Brasil es el país clave para Paraguay, que los liberales son el principal sostén de su grupo legislativo y que el flamante Presidente se ha cuidado de formular promesas mesiánicas de transformación constitucional o “refundación” nacional, existen ciertamente razones para pensar que su versión de izquierda será moderada e inteligente. Sin embargo, no lo ha anunciado de forma explícita.
Tenemos, por todo lo anterior, esperanzas de que Lugo marque un conveniente cambio en Paraguay y que pueda, mediante la seriedad, la construcción institucional, el impulso al Estado de derecho, la renovación económica, la honestidad administrativa y la creación de un clima propicio para las inversiones, generar condiciones, desde las cuales desarrollar una política social eficaz y sostenible. Hay buenos indicios en ese sentido. Pero, dada la magnitud de la tarea y las complejidades que aún se interponen para acometerla, el pronóstico, por ahora, debe ser reservado.
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