EDITORIAL |
Todo comenzó el pasado jueves, con un imprudente ataque de la aviación de Georgia sobre enclaves separatistas en la disputada región de Osetia del Sur, cuyo control ha sido, por años, foco de conflicto con el Gobierno ruso. De inmediato, la crisis evolucionó hacia lo peor. Lejos de contentarse con una respuesta limitada en vigor y breve en el tiempo, Rusia aprovechó la oportunidad para lanzar sobre su débil vecino una violenta invasión , que ha puesto de manifiesto, de manera clara y despiadada, sus inescrupulosos ímpetus imperiales en el Cáucaso, región de indudable importancia estratégica, a la que desea mantener bajo su rígida esfera de influencia, aunque ello implique acudir a prácticas típicas del siglo XIX.
Ayer, tras cuatro o cinco días de conflicto y profundos avances de sus fuerzas invasoras, el presidente ruso, Dimitri Medvedev, anunció, en una conferencia junto a su colega francés, Nicolás Sarkozy, el cese de las hostilidades, como parte de un plan de seis puntos, que también fue aceptado por Georgia.
Según sus términos, tras el fin de los enfrentamientos seguirá el ingreso de ayuda humanitaria a la zona de conflicto y, como tercer paso, el retiro de las tropas a sus posiciones previas a las hostilidades. Sin embargo, aún está por verse qué sucederá con Osetia del Sur, detonador de la guerra, con Abjasa, otra provincia separatista de Georgia con mucha mayor importancia estratégica, también invadida por Rusia, y con las relaciones entre ambos países. Porque para nadie es un secreto que los rusos, especialmente su dominante primer ministro, Vladimir Putin, buscan la salida del poder del presidente georgiano, Mijail Saakashvili, quien ha tratado, sistemáticamente, de acercarse a Occidente e, incluso, convertir a su país en miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la gran alianza militar occidental.
Por el momento, y más allá de lo que ocurra como consecuencia del cese el fuego y las eventuales negociaciones, Rusia ya ha obtenido mucho de lo que quería. Ha puesto de manifiesto su capacidad y determinación de utilizar su desproporcionado poderío bélico para controlar los ímpetus soberanos de sus vecinos inmediatos, especialmente los más estratégicos, como Georgia. Ha diezmado gravemente las fuerzas de este país. Ha dado un gran impulso a los sectores secesionistas de Abjasia y Osetia del Sur, sobre los que ejerce un control casi total. Ha desnudado la limitadísima capacidad de influencia occidental en una zona tan importante de su periferia. Y ha debilitado seriamente la capacidad del presidente Saakashvili para acelerar su posible ingreso a la OTAN.
Es decir, como consecuencia de la mezcla entre el error inicial del gobierno de Georgia y la eficacia de su brutal reacción, Rusia se ha proyectado, como hacía mucho que no lograba, como un poder de carácter imperial y militar ciertamente alejado de la sensibilidad del siglo XXI, pero con grandes capacidades de influencia en zonas estratégicas de gran importancia. Todo lo anterior, además, ha podido alcanzarlo con muy limitadas consecuencias militares y sin grandes estragos diplomáticos o económicos.
Se trata de un resultado muy preocupante, no solo para los países que, como Georgia y Ucrania, están en el eje directo de las ambiciones de Moscú, sino para todo el mundo occidental, y hasta para el futuro de la precaria democracia rusa, cada vez más debilitada frente al autoritarismo de personajes como Putin y de sus castas económicas y militares. Mientras se cuentan las víctimas de este grave episodio, es necesario que las grandes potencias democráticas reconsideren seriamente sus relaciones con Rusia y coordinen mejor su acción ante futuras crisis similares.
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