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Víctor Ml. Mora Mesén |
Director del Saint Francis College
La destrucción de la ciudad de Jerusalén por parte del imperio babilónico en el 587/586 a. C. suscitó una gran crisis en la manera de entender la historia por parte de los israelitas. Se estaba terminando de manera definitiva la monarquía y se empezaba una nueva era, en donde la autonomía nacional no sería más que un sueño inalcanzable. Por mucho tiempo en Israel habían compartido el espacio religioso diferentes maneras de relacionarse con lo divino.
Al igual que los otros pueblos de Oriente, las ideas acerca de lo ritual, las funciones específicas de las deidades y el sincretismo en las representaciones religiosas, dominaban en la mayoría de las personas. Sin embargo, entre círculos importantes se había cultivado un pensamiento religioso un tanto diferente, era el yahwismo mantenido y desarrollado por los profetas y algunos escribas. Aunque sus orígenes son difíciles de rastrear, lo cierto es que poco a poco esta corriente religiosa comenzó a trazar unas líneas fundamentales de reflexión, que permitieron interpretar la realidad social y política desde categorías nuevas.
Esta fe había sido traída a Palestina por un grupo que había huido del poder militar egipcio. Si bien eran personas vinculadas con los grupos nómadas llamados habiru, encontraron experiencias comunes con algunas tribus de sedentarios en la tierra de Canaán, que habían sufrido una gran derrota militar a manos del mismo imperio egipcio. Estas tribus sedentarias, que se llamaban a sí mismas con el nombre de Israel, aceptaron la nueva fe identificando a su dios El con Yahweh, quien ofrecía la posibilidad de la liberación del poder opresor egipcio.
Esta vinculación religiosa, sin embargo, no implicó un monoteísmo estricto. Durante la monarquía, Israel siempre fue politeísta, incluso a nivel oficial convivían tanto el culto a Yahweh como los cultos a los dioses baales de Canaán. Las ideas politeístas de estos tiempos incluían la creencia en que las relaciones entre los pueblos reflejaban las relaciones entre las divinidades: así, cuando un pueblo se imponía sobre los demás, se implicaba que su dios había ocupado una posición de privilegio con respecto a los otros.
Yahweh, que era adorado por David en la época del reino unificado, llegó a constituirse en el dios nacional, cuyo culto era controlado por el monarca. Algunos grupos dentro del reino aspiraban que en Israel se diese un culto monolátrico o henotista, pero se toleraron cultos particulares de diferentes deidades durante la mayor parte del período monárquico. A la muerte de Salomón, se dividió el reino en dos, el culto nacional se mantuvo pero con desarrollos diferentes.
En el Reino del Norte, los grupos proféticos se sirvieron de la fe en el Dios del Éxodo para criticar a los grupos hegemónicos que se sucedieron en el poder, muchos de los cuales al pactar con reinos vecinos introdujeron cultos de otras naciones. El Reino del Sur, más estable políticamente, utilizó los cultos cananeos como plataforma religiosa para el desarrollo ideológico y cultual de la fe en Yahweh. Pero la influencia de los grupos norteños contestatarios pronto alcanzó al sur. De esta manera, el carácter subversivo de la fe yahwista se mantuvo a lo largo de toda la historia del pueblo de Israel hasta su destrucción definitiva con la invasión babilónica.
Esta crisis suscitó la cuestión acerca del poder de Yahweh para defender a su pueblo de la catástrofe. Sin embargo, la crítica política-religiosa del yahwismo presentó una alternativa teológica que rápidamente obtuvo el reconocimiento de los grupos sociales más influyentes. La nueva posición establecía que los otros dioses, patronos de los pueblos, no existían, que en realidad Yahweh es el único y verdadero Dios. Desde este punto de vista, la derrota de Israel no implicaba la debilidad de su dios, sino su intervención histórica. En efecto, la infidelidad del pueblo había llevado a Yahweh a actuar para recomponer el destino de aquellos que él había elegido como pueblo suyo: desde la derrota, Dios levantaría un nuevo pueblo, fiel a sus preceptos y verdadero signo de la libertad que él ofrecía.
En este tiempo se comenzaron a redactar los textos que darían una identidad a la religión judía. Las narraciones contarán cómo Yahweh se enfrentó al Faraón, quien se presentaba como un dios, amparado por todas las divinidades egipcias. El Dios de Moisés se irá revelando como aquel que no tolera la utilización de la religión con fines de dominación política. Poco a poco irá desmontando no sólo la ideología religiosa funcional a la dominación, sino que abrirá un nuevo horizonte de libertad a un pueblo sumido en la dependencia.
La marcha por el desierto se convierte en un recorrido hacia la madurez, de tal manera que la solidaridad se afiance como el valor máximo de las relaciones entre los miembros del nuevo pueblo que está por formarse. Desde este relato fundamental comienzan a organizarse los demás escritos del Antiguo Testamento. Por ese motivo, el Dios creador se identificará con el dador de la vida y la libertad, elementos básicos de su acción y voluntad.
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