Página QuinceEduardo Ulibarri |
periodista
Tras algunos meses de relativa frugalidad política, el presidente Hugo Chávez perdió de nuevo la prudencia y, horas antes de que terminara el festín abierto hace año y medio por la llamada Ley Habilitante, se dio una de las mayores comilonas autoritarias en sus ocho años de gobierno.
El 31 de julio, último día de vigencia de esa disposición, que lo había convertido en legislador unipersonal, emitió un abultado conjunto de 26 decretos-ley, con los que puso en vigencia algunos de los preceptos más duros de la propuesta de reforma constitucional derrotada en el referendo del pasado 2 de diciembre.
Imposición. Así, su voluntad única, escasamente legitimada, se impuso sobre la decisión que ocho meses antes, y en forma directa, habían tomado los venezolanos. Fue una clara violación de los principios democráticos más elementales.
Para empeorar las cosas, a este desborde de normas se unió la decisión de su Tribunal Supremo de Justicia, que declaró “constitucional” la posibilidad de inhabilitar políticamente a más de 270 personas, todas ellas opositoras, quienes no podrán postulares para las elecciones locales y regionales del próximo 23 de noviembre.
En este caso, la agresión fue contra el derecho de los ciudadanos a ser ellos, no los poderes constituidos, quienes escojan a sus representantes en los estados o municipios.
La Ley Habilitante que activó la gula autoritaria de Chávez, la tercera desde que está en el poder, había sido aprobada el 30 de enero de 2007, cuando el Congreso, de exclusiva integración chavista y reunido en la emblemática plaza Bolívar, de Caracas, le otorgó poderes de legislador en 11 ámbitos. Entre ellos estaban la “transformación de las instituciones del Estado”, la seguridad y defensa, y los aspectos económicos, financieros, tributarios y sociales. Es decir, prácticamente todo lo esencial para el país.
Claudicación. La decisión fue una lamentable claudicación de la representatividad y soberanía del parlamento, de la cual, por cierto, varios de sus integrantes se arrepintieron muy pronto, a pesar de su original obediencia al mandatario.
La Ley Habilitante entró en vigencia dos días después, el 1.° de febrero, por un lapso de 18 meses. Desde entonces, comenzó a funcionar como el espolón de proa en el camino hacia un control político, económico y social mucho más hermético, que pretendía incluir la reelección sin término.
Pero el instrumento más importante y legitimador era la reforma constitucional, que requería aprobación en referendo. Allí fue cuando el proyecto “socialista y bolivariano” resbaló en las papeletas que, con inesperada contundencia mayoritaria, frenaron el cambio. Fue un gran triunfo popular, que desubicó a Chávez y agudizó las contradicciones, fisuras y debilidades de su Gobierno y movimiento político.
Esos serios traspiés, más los agudos problemas económicos, un creciente aislamiento internacional y la necesidad de mejorar su imagen de cara a las elecciones de noviembre, explican, en gran medida, el freno que el propio gobernante impuso a su voracidad autoritaria. En el primer semestre de este año, su cocina política evolucionó hacia recetas máslight , bajas en colesterol “socialista” y carbohidratos “bolivarianos”
Consecuencias. Qué habrá motivado la voracidad que condujo a los 26 decretos-ley, a la inhabilitación de candidatos y a los anuncios de nacionalización del Banco de Santander, es algo difícil de explicar. Sin embargo, las consecuencias sí resultan muy claras: una acentuada estatización de la economía, una mayor politización y subordinación de las Fuerzas Armadas al poder político-ideológico (no civil) y una limitación en las opciones electorales.
Chávez, sin embargo, también ha vuelto a encender la mecha de la crispación en la sociedad venezolana, lo cual podría obrar a favor de mayor activismo y unidad de los opositores.
Ya los estudiantes han regresado a las calles; el sector empresarial ha levantado su voz de protesta, y los ciudadanos han vuelto a padecer lo que puede ocurrir cuando un mandatario no tiene controles.
Todo lo anterior, paradójicamente, podría volverse contra Chávez y convertir su gula autoritaria en una indigestión de grandes proporciones para su régimen.
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