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Richard N. Haass | Copyright: Project Syndicate, 2008 www.project-syndicate.org Traducción de Claudia Martínez@nacion.com |
Richard Haass es exdirector de Planificación de Políticas en el Departamento de Estado norteamericano; es presidente del Consejo sobre Relaciones Exteriores.
NUEVA YORK – China se esforzó mucho y durante mucho tiempo para lograr ser anfitrión de los Juegos Olímpicos de este verano boreal, y miles de chinos literalmente bailaron en las calles cuando se tomó la decisión de otorgarle los juegos a Pekín. Esta iba a ser una posibilidad para los chinos de demostrarle al mundo cuán lejos habían llegado ellos y su país.
No sé si existe un equivalente mandarín para “ten cuidado con lo que deseas”, pero si existe, seguramente se aplica en este caso. China está recibiendo una gran dosis de atención internacional, pero no la atención que buscaba. Por el contrario, China se encuentra bajo un intenso escrutinio internacional que pone la mirada en todo desde su política hacia el Tíbet, derechos humanos y seguridad de productos hasta el nivel de su moneda, su política en Sudán y el cambio climático global. Lo que estaba pensando para ser un momento de celebración se convirtió en uno de crítica.
De hecho, es probable que varios líderes mundiales prominentes, entre ellos el primer ministro británico, Gordon Brown, la canciller alemana, Angela Merkel, y el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, no asistan a las ceremonias de inauguración. Varios políticos norteamericanos de renombre han manifestado su apoyo por un boicot. Y todavía hay jefes de Estado, como el presidente francés Sarkozy, que están evaluando mantenerse al margen.
Un grave error. Por supuesto, China merece ser blanco de críticas en muchas áreas de su política interna y exterior. Pero desairar a China es un error. Esta actitud ignora lo que el país ha logrado y corre el riesgo de generar consecuencias que son incongruentes con lo que los propios críticos quieren ver. Se necesita cierta perspectiva. La China moderna tiene apenas unas seis décadas de vida. Su crecimiento económico ha sido y es verdaderamente sorprendente. Cientos de millones de chinos han sido sacados de la pobreza. De hecho, debe reconocerse el crecimiento económico chino como uno de los grandes logros de la historia en materia de reducción de la pobreza.
China no es simplemente un país más rico; también es un lugar mucho más abierto políticamente de lo que era durante la era de Mao. La sociedad civil está creciendo; hoy existen más de 300.000 ONG. Las estadísticas oficiales demuestran que, en 2005, tuvieron lugar más de 85.000 protestas públicas (y probablemente más cada año desde entonces) por cuestiones como la corrupción, la salud pública, el medio ambiente y el uso de la tierra. Hasta el terremoto reciente en Sichuan reveló que la política china está cambiando. Se permitió el acceso de las cámaras, y se pudo ver y escuchar a altos funcionarios del gobierno.
También existen indicios de que la política exterior de China está evolucionando. China ha desempeñado un papel provechoso últimamente al alentar la cooperación norcoreana con reclamos para que limite sus capacidades nucleares. En Sudán, China respaldó una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que establecía una operación internacional y comprometió 315 ingenieros para la fuerza de las Naciones Unidas-Unión Africana.
Integración institucional. Nada de esto disculpa o justifica las deficiencias en el comportamiento chino en casa o en el exterior, que son muchas y reales. Pero la realidad no es unidimensional. China está cambiando, en muchos sentidos para mejor, y un mayor cambio en la dirección correcta no será factible a partir de una política que implique aislar o sancionar a China. Si queremos que China se convierta en un participante pleno, un protagonista, en el sistema internacional, tenemos más probabilidades de lograrlo integrando a China en las instituciones del mundo. Los chinos necesitan ver que se benefician con la inclusión y que sufrirían si no fueran uno de los países que dan forma y afianzan a las instituciones internacionales de hoy.
Deberíamos buscar la integración de China como una cuestión de interés propio. En un mundo globalizado, los desafíos globales en gran medida requieren de respuestas globales, que son imposibles si un país del tamaño, la población y la riqueza de China no participa. Frenar la propagación de las armas nucleares, promover un uso más eficiente de la energía, emprender una acción frente al cambio climático y mantener una economía global abierta –estas y otras tareas exigen la participación, y hasta la cooperación, china si no queremos que la globalización nos abrume a todos. Un paso útil de nuestra parte sería poner fin al anacronismo de reunir a muchos de los principales líderes mundiales en la cumbre anual de países industrializados del G-8 y no incluir a China (o India o Brasil, para el caso) como algo natural.
Peligro del nacionalismo. Pero la integración sólo tendrá éxito si China y sus líderes se muestran abiertos a ella. El comunismo y el socialismo no dominan el apoyo público como lo hacían en otros tiempos. El materialismo y el consumismo no pueden ser un sustituto de las libertades políticas y religiosas, que siguen siendo seriamente limitadas. El nacionalismo también puede fácilmente llenar un vacío. Esto es peligroso, ya que nuestra historia demuestra que los líderes que permiten o estimulan el nacionalismo excesivo fácilmente pueden verse atrapados por él.
Este es un argumento no solamente a favor de mantener bajo control el nacionalismo, sino de permitir una mayor libertad política y religiosa para que haya fuentes alternativas de legitimidad y alianza en la sociedad china más allá de la del progreso económico. Esto es algo que los chinos, en gran medida, tendrán que hacer por su cuenta y para sí mismos. Los de afuera pueden y deben hacer conocer sus opiniones, pero principalmente en privado y sin decir o hacer cosas que puedan estimular el mismo nacionalismo que queremos desalentar.
Todo esto nos remonta a los acontecimientos de este verano boreal en Pekín. China necesita mostrar respeto por los derechos humanos y permitirles a los periodistas informar. En lugar de boicotear a Pekín, los líderes del mundo deberían abrazar los Juegos Olímpicos y lo que representan. Las Olimpiadas son un punto de reunión en el que individuos y países compiten, pero en conformidad con un conjunto de reglas. Esto es exactamente lo que pretendemos de China en el siglo XXI.
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